Lily hundió sus manos en la hierba y el musgo e hizo un pequeño agujero. Al instante brotó una maravillosa fuente de agua clara. Recogió un poco entre sus manos y la derramó sobre la lengua jadeante y la piel desgreñada del canguro. Con gran alegría vio que los ojos marrones del animal se abrían y comprobó que su buen amigo no se estaba muriendo.