Así que ambas salieron de sus escondites, y poco a poco el cordero y la paloma se acercaron también, y todos se olvidaron de su miedo. El oso pidió a los niños que le quitasen la nieve que mojaba su espalda, y ellos buscaron un cepillo y lo frotaron hasta que estuvo seco. Entonces el oso se tendió frente al fuego, y gruñó absolutamente feliz y contento. Las niñas enseguida empezaron a jugar con el y le hacían bromas. Ellas tiraban de su piel, se subían sobre su espalda, y rodaban sobre el oso como si fuera una gran alfombra, las niñas finalmente se quedaban dormidas sobre su regazo.