Tina vio alejarse la bici espacial con la que Miguel se perdía en la noche.
En un segundo, estuvo a cien metros. En dos segundos, había subido un kilómetro. Y un minuto más tarde seguía subiendo...
Al fin, Miguel encontró el interruptor y la bicicleta se detuvo. Miró hacia abajo por primera vez.
Colgada en la oscuridad divisó una pequeña bola verde y azul. "Qué color más raro para una pelota de tenis", pensó.
Pero no era una pelota. ¡Era la Tierra! Se veían claramente Africa y la India. Cuando Miguel se dio cuenta de lo lejos que estaba de casa, se sintió muy solo y desamparado, y notó cómo el corazón le palpitaba. Tenía algo de miedo.
Al flotar se metió las manos en los bolsillos del traje espacial, pero lo único que encontró fue un envoltorio de una chocolatería de Venus: "Chocovenus".
la bici de miguel
De pronto, le saludaron las luces de una nave espacial. Se sintió mucho mejor. Pero había algo que no marchaba bien. Lo notaba por momentos.
Al acercarse, Miguel vio a un hombre con traje espacial que le hacía señas. frenéticas, colgado de un tubo. Al parecer, estaba gritando, pero Miguel no oía nada.
La máquina se puso en marcha y Miguel se lanzó tras la caja, que se alejaba dando vueltas. La recogió y la metió en su bolsillo espacial y se dirigió a la nave.
Se detuvo junto al gran casco gris. Al subir, la tripulación lo aclamó con grandes vítores y aplausos. Era un héroe.
la bici de miguel
Buen trabajo, chico —dijo el capitán—.
Esa caja es muy importante. Es nuestra brújula espacial. Sin ella, nos habríamos perdido.
Trató de enjugarse la frente, pero aún llevaba el casco puesto.
—Te mereces una recompensa.
—Sólo quiero ir a casa —dijo Miguel.
Estoy muy cansado. Quiero ver a mis padres. Así pues, el capitán puso la nave en supermarcha rumbo a la Tierra, usando la brújula espacial.
La "pelota de tenis" que había visto Miguel se fue haciendo cada vez más grande, hasta que llegó a ocupar toda la ventana. Pronto Miguel comenzó a ver los campos que brillaban bajo la luz de la luna y el río que se curvaba en dirección a su casa.
— ¡Ahí es donde vivo! —gritó—. ¿Podéis dejarme bajar?
El capitán le prendió una medalla espacial en el traje y maniobró la nave hasta que estuvo suspendida sobre la casa de Miguel. — ¡Ponte en la plataforma de lanzamiento!
Miguel recogió su casco y se dirigió al tubo, de pronto oyó un ruido extraño y sintio que caía. Miguel intentó agarrarse a algo, y cerró los ojos fuertemente...
Cuando volvió a abrirlos, estaba en su cama y el sol entraba a raudales por la ventana. Se frotó los párpados y miró el cartel de la pared..
— Ahí está la bici espacial... ¡Y Tina! Todo ha sido un sueño trepidante.
Pero no había mirado debajo de la cama, donde le aguardaban más sorpresas.
En un segundo, estuvo a cien metros. En dos segundos, había subido un kilómetro. Y un minuto más tarde seguía subiendo...
Al fin, Miguel encontró el interruptor y la bicicleta se detuvo. Miró hacia abajo por primera vez.
Colgada en la oscuridad divisó una pequeña bola verde y azul. "Qué color más raro para una pelota de tenis", pensó.
Pero no era una pelota. ¡Era la Tierra! Se veían claramente Africa y la India. Cuando Miguel se dio cuenta de lo lejos que estaba de casa, se sintió muy solo y desamparado, y notó cómo el corazón le palpitaba. Tenía algo de miedo.
Al flotar se metió las manos en los bolsillos del traje espacial, pero lo único que encontró fue un envoltorio de una chocolatería de Venus: "Chocovenus".
la bici de miguel
De pronto, le saludaron las luces de una nave espacial. Se sintió mucho mejor. Pero había algo que no marchaba bien. Lo notaba por momentos.
Al acercarse, Miguel vio a un hombre con traje espacial que le hacía señas. frenéticas, colgado de un tubo. Al parecer, estaba gritando, pero Miguel no oía nada.
La máquina se puso en marcha y Miguel se lanzó tras la caja, que se alejaba dando vueltas. La recogió y la metió en su bolsillo espacial y se dirigió a la nave.
Se detuvo junto al gran casco gris. Al subir, la tripulación lo aclamó con grandes vítores y aplausos. Era un héroe.
la bici de miguel
Buen trabajo, chico —dijo el capitán—.
Esa caja es muy importante. Es nuestra brújula espacial. Sin ella, nos habríamos perdido.
Trató de enjugarse la frente, pero aún llevaba el casco puesto.
—Te mereces una recompensa.
—Sólo quiero ir a casa —dijo Miguel.
Estoy muy cansado. Quiero ver a mis padres. Así pues, el capitán puso la nave en supermarcha rumbo a la Tierra, usando la brújula espacial.
La "pelota de tenis" que había visto Miguel se fue haciendo cada vez más grande, hasta que llegó a ocupar toda la ventana. Pronto Miguel comenzó a ver los campos que brillaban bajo la luz de la luna y el río que se curvaba en dirección a su casa.
— ¡Ahí es donde vivo! —gritó—. ¿Podéis dejarme bajar?
El capitán le prendió una medalla espacial en el traje y maniobró la nave hasta que estuvo suspendida sobre la casa de Miguel. — ¡Ponte en la plataforma de lanzamiento!
Miguel recogió su casco y se dirigió al tubo, de pronto oyó un ruido extraño y sintio que caía. Miguel intentó agarrarse a algo, y cerró los ojos fuertemente...
Cuando volvió a abrirlos, estaba en su cama y el sol entraba a raudales por la ventana. Se frotó los párpados y miró el cartel de la pared..
— Ahí está la bici espacial... ¡Y Tina! Todo ha sido un sueño trepidante.
Pero no había mirado debajo de la cama, donde le aguardaban más sorpresas.