Han pasado veintiséis horas y Lindbergh divisa tierra, que identifica como Irlanda. Las horas finales se acercan, siendo el vuelo más agradable sobre tierra que sobre kilómetros y kilómetros de océano. El 21 de mayo de 1927, a las cinco y veintidós minutos, aterriza en París, en el aeródromo de Le Bourget. Treinta y tres horas y media de vuelo. Lo había conseguido.