Emma había sido la última incorporación de la
familia. Era una niña rubia, regordeta y acababa de cumplir nueve meses. Era raro que su madre le hubiera pedido que vigilase a Emma. Habían creado una barrera invisible alrededor de ella para que no se acercase. De repente Pablo empezó a notar un olor extraño. Se dejó llevar por su olfato y no tardó en darse cuenta que su hermanita se había cagado. Así que, ni corto ni perezoso, despejó la mesa de la cocina, cogió a la niña por debajo de los brazos y
... (ver texto completo)