ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca)

Flores de primavera
Foto enviada por cuenka

La princesa y el guisante

Hace mucho tiempo vivía un joven príncipe en una tierra lejana. Pero no era un príncipe feliz, pues no lograba encontrar una verdadera princesa con quien casarse.
Y con olor a primavera, que pasemos buén fín de semana.
Es en primavera cuando los ruiseñores, paladines del amor de todos los cuentos de hadas a la luz de la luna, lloran entre los ramajes acompañados del murmullo de aguas cristalinas.
Este es el famoso vuelo del “Espíritu de San Luis”, un avión de 2,3 toneladas de peso, modificado expresamente para aquel viaje. Esta es la historia de Charles LindBergh, un estadounidense que decidió embarcarse en aquel reto en forma de concurso que le reportó fama, 25.000 dólares como premio y un lugar en la historia. En 1954 ganó el premio Pulitzer por el relato en el que contaba su hazaña.
Han pasado veintiséis horas y Lindbergh divisa tierra, que identifica como Irlanda. Las horas finales se acercan, siendo el vuelo más agradable sobre tierra que sobre kilómetros y kilómetros de océano. El 21 de mayo de 1927, a las cinco y veintidós minutos, aterriza en París, en el aeródromo de Le Bourget. Treinta y tres horas y media de vuelo. Lo había conseguido.
A los mandos de aquel avión iba Charles Lindbergh. El vuelo comenzó sin sobresaltos y todo fue perfectamente hasta que el cansancio y el sueño comenzaron a hacer mella en nuestro intrépido piloto. Después de ocho horas de vuelo mantenerse despierto y atento comenzaba a ser un reto considerable. A las once de la noche el frío y el sueño eran un peligro real y palpable, y a pesar del primero, Lindbergh decide mantener abiertos los ventanucos del avión para evitar el segundo, que de abatirlo, le llevaría ... (ver texto completo)
20 de mayo de 1927, después de varios tumbos por la pista de despegue en el aeródromo Roosevelt de Nueva York, el “Espíritu de San Luis” (Spirit of St. Louis) logra alzar el vuelo. Faltaban tan solo unos minutos para las ocho de la mañana y comenzaba un viaje histórico: el primer vuelo transatlántico, en solitario y sin escalas, desde Nueva York hasta París.