De niño no había quien me hiciera echar la siesta. Era un auténtico suplicio para mí. En mi casa siempre fueron muy siesteros. El final de la niñez y toda la adolescencia la pasé sin echar la siesta. Ya en la universidad, necesitaba un coscorrón después de comer antes de seguir estudiando. Y, a día de hoy, el día que no me echo un mínimo de 10 minutos y un máximo de 25 minutos el cuerpo se me resiente. Los años van pasando factura.
No hace mucho me enteré que la siesta es un invento de los jornaleros ... (ver texto completo)
No hace mucho me enteré que la siesta es un invento de los jornaleros ... (ver texto completo)