Mas ésta es dulcísima por extremo, porque nos hace amar lo que nos manda, o, por mejor decir, porque el plantar e ingerir en nosotros el deseo y la afición a lo bueno, es el mismo mandarlo; y porque, aficionándonos y, como si dijésemos, haciéndonos enamorados de lo que manda, por esa manera, y no de otra, nos manda.
Aquélla es pesada y áspera porque condena por malo lo que la voluntad corrompida apetece por bueno; y así, hace que se encuentren el entendimiento y la voluntad entre sí, de donde se enciende en nosotros mismos una guerra mortal de contradicción.
La primera se llama ley de mandamientos, porque toda ella es mandar y vedar. La segunda es dicha ley de gracia y de amor, porque no nos dice que hagamos esto o aquello, sino hácenos que amemos aquello mismo que debemos hacer.
Porque inclina e induce y hace apetitosa y como golosa a nuestra voluntad de todo aquello que es bueno, y junta en uno lo honesto y lo deleitable, y hace que nos sea dulce lo que nos sana, y lo que nos daña, aborrecible y amargo.
Pretende afear lo que es malo, y sucédele por nuestra mala ocasión hacerlo más deseable y más gustoso. Mas la segunda ley corta la planta del mal de raíz, y arranca, como dicen, de cuajo lo que más nos puede dañar.
Y así las más veces son contrarios en esta ley el suceso y el intento. Porque el intento es encaminar el hombre a lo bueno, y el suceso, a las veces, es dejarle más perdido y estragado.
Mas, como arriba decíamos, diferéncianse estas dos maneras de leyes en esto: que la ley que se emplea en dar mandamientos y en luz, aunque alumbra el entendimiento, como no corrige el gusto corrupto de la voluntad, en parte le es ocasión de más daño; y, vedando y declarando, despierta en ella nueva golosina de lo malo que le es prohibido.
Y así, para remedio y salud de estas dos partes enfermas, fueron necesarias estas dos leyes, una de luz y de reglas para el entendimiento ciego, y otra de espíritu y buena inclinación para la voluntad estragada.
Porque a la verdad, en la una y en la otra parte quedamos miserablemente lisiados por el pecado primero, el cual oscureció el entendimiento, para que las menos veces conociese lo que convenía seguir, y estragó perdidamente el gusto y el movimiento de la voluntad, para que casi siempre se aficionase a lo que la daña más.
Servicio esmerado
comida a la carta
y lomo empanado
al poner servilleta
con pago al contado.
desabrimiento aquello que dan las personas con quien se granjea11. Por lo cual, todo lo que en esta manera se gana es en este lugar llamado despojos por conveniente razón, porque, de lo que el mercader hinche su casa, el otro que contrata con él queda vacío y despojado, y, aunque no por vía de guerra, pero como en guerra, y no siempre muy justa.
.
La otra ganancia y manera de adquirir, que saca fruto y se enriquece de las haciendas ajenas, o con voluntad de sus dueños, como hacen los mercaderes y los maestros y artífices de otros oficios, que venden sus obras, o por fuerza y sin voluntad, como acontece en la guerra, es ganancia poco natural y adonde las más veces interviene alguna parte de injusticia y de fuerza, y ordinariamente dan con desgusto y
La primera manera de renta es ganancia inocente y sancta ganancia, porque es puramente natural, así porque en ella el hombre come de su trabajo, sin que dañe ni injurie, ni traiga a costa o menoscabo a ninguno, como también porque, en la manera como a las madres es natural mantener con leche a los niños que engendran, y aun a ellos mismos, guiados por su inclinación, les es también natural el acudir luego a los pechos; así nuestra naturaleza nos lleva e inclina a sacar de la tierra, que es madre ... (ver texto completo)
Pero, si no es esto, ¿qué confianza es la de que Dios habla en este lugar? En lo que luego dice se entiende, porque añade: «No le harán mengua los despojos» Llama despojos lo que en español llamamos alhajas y aderezo de casa, como algunos entienden, o, como tengo por más cierto, llama despojos las ganancias que se adquieren por vía de mercancías. Porque se ha de entender que los hombres hacen renta y se sustentan y viven, o de la labranza del campo, o del trato o contratación con otros hombres.
Y cuanto está lejos del mal, tanto de la imagen o semeja dél ha de estar apartada, porque, como dijo bien un poeta latino, aquella sola es casta en quien ni la fama mintiendo osa poner mala nota. Y, cierto, como al que se pone en el camino de Sanctiago, aunque no llegue, ya le llamamos allá romero; así sin duda es principiada -33- ramera la que se toma licencia para tratar destas cosas que son el camino