Se acabó lo que se daba mocita. Con el entierro de la sardina acaban los placeres de la carne pecaminosa e iniciamos el recorrido que nos adentra en el mundo de los espíritus impolutos y, nosotros, tan perversos, ¿qué pintamos en el? Poco o nada, pero desde nuestro margen veremos cómo van pasando los días con sus noches hasta que el paroxismo explosione en toda su intensidad, impregnándonos a mirones y a actores directos con ese hálito mágico que, igual que el ciclo fenecido, se perpetua en el tiempo ... (ver texto completo)