A mi me ha sorprendido en el devenir de mi existencia, que las mujeres en tiempos, usaran como adorno muy estimado, la piel de las raposas convenientemente curtidas y con el olor particuar del perfume que usara cada una de las portantes. Aún dejaban más rastro que aquella que pasó por mi era una mañana de verano. Y yo veía el pobre bicho, tal como si le hubiese pasado una apisonadora por encima, con aquellas patitas colgando y aquellos ojos inexpresivos de cristal pegado en sus pupilas vacías. Ahora ... (ver texto completo)
Cuando yo era chico y corría todos los graneros de mis primos y amigos, recuerdo que un tío mío, hermano de mi padre, tenía lo menos media docena de pieles colgadas en la golfa. Cuando se cazaba una, cosa frecuente dado su número, se le volvía la piel empezando por la boca, que la tiene muy grande y estirando se acababa por la colita teniendo mucho cuidado que quedara entera pues de contrario perdía mucho valor comercial. De esta manera la piel quedaba entera. La volvías al revés y la llenabas de ... (ver texto completo)