Haciendo gala de esto último, me encontraba en la cubierta del barco, observando todo lo que mis ojos podían abarcar, y en verdad, las cosas más cercanas a mi vista, cosas comunes en cualquier muelle, no me atraían en absoluto; sin embargo, al alzar la mirada contemplé en la distancia algo, que en el momento, me pareció, exactamente, a las mañitas iluminadas que se hacen en los pesebres. Supuse que serían algunas casas o edificios y en verdad me gustó aquella imagen, que bajo aquel cielo caribeño, totalmente cuajado de estrellas, lo sentí como una recompensa a mi tristeza. Sin imaginar lo que ese “lindo Belén” se convertiría al día siguiente, y considerando, mi mamá, que ya era hora de dormir, nos dirigimos al camarote para descansar.
Amaneció y muy temprano ya estábamos muy arregladitos todos, digo todos, porque como ya es sabido, además de mi madre y mis tres hermanas, en ese viaje también venían: Esperanza y Juán Rafael (q. e. p. d. ambos). Mientras se finiquitaba todo el “papeleo”, concerniente al desembarque, nos decidimos ir a cubierta, por supuesto que con el corazón que se nos escapaba por la boca, pues desde allí, nos decían, podríamos ver a los familiares que nos estaban esperando.
Una vez en cubierta, mis ojos buscaban entre la gente que en el muelle esperaba, la figura que, a pesar de las pocas fotos recibidas durante la ausencia de mi padre, de él, yo conservaba en mi memoria. Esa figura no la veía por ninguna parte. Lo que sí vi, en un alzar mi mirada buscando contemplar “el precioso Belén nocturno” fue… ¡OH DECEPCIÖN!... aquella misteriosa imagen, llena de titilantes lucecitas, los rayos del sol la habían dejado al descubierto para mostrarme su triste realidad: era simplemente un cerro lleno de viviendas marginales, llamadas “ranchos”, (nada tiene que ver con el concepto de “rancho” que se tiene en otros lugares del continente americano: hacienda, finca, hato, o algo similar). En Venezuela los ranchos son viviendas muy humildes, que pueden estar construidas, bien por una mezcla de barro con paja, o simplemente por materiales de desecho como cartón, lata, etc..
Volviendo al punto sobre mi decepcionante impresión, aquella desoladora visión me produjo inmensas ganas de llorar y mucha inquietud, pues en ese instante me pregunté dónde iríamos a vivir y cómo sería la vivienda.
Amaneció y muy temprano ya estábamos muy arregladitos todos, digo todos, porque como ya es sabido, además de mi madre y mis tres hermanas, en ese viaje también venían: Esperanza y Juán Rafael (q. e. p. d. ambos). Mientras se finiquitaba todo el “papeleo”, concerniente al desembarque, nos decidimos ir a cubierta, por supuesto que con el corazón que se nos escapaba por la boca, pues desde allí, nos decían, podríamos ver a los familiares que nos estaban esperando.
Una vez en cubierta, mis ojos buscaban entre la gente que en el muelle esperaba, la figura que, a pesar de las pocas fotos recibidas durante la ausencia de mi padre, de él, yo conservaba en mi memoria. Esa figura no la veía por ninguna parte. Lo que sí vi, en un alzar mi mirada buscando contemplar “el precioso Belén nocturno” fue… ¡OH DECEPCIÖN!... aquella misteriosa imagen, llena de titilantes lucecitas, los rayos del sol la habían dejado al descubierto para mostrarme su triste realidad: era simplemente un cerro lleno de viviendas marginales, llamadas “ranchos”, (nada tiene que ver con el concepto de “rancho” que se tiene en otros lugares del continente americano: hacienda, finca, hato, o algo similar). En Venezuela los ranchos son viviendas muy humildes, que pueden estar construidas, bien por una mezcla de barro con paja, o simplemente por materiales de desecho como cartón, lata, etc..
Volviendo al punto sobre mi decepcionante impresión, aquella desoladora visión me produjo inmensas ganas de llorar y mucha inquietud, pues en ese instante me pregunté dónde iríamos a vivir y cómo sería la vivienda.