Parte del Texto del pregon de antonio Garcia Barbeito Semana Santa Sevilla
os recomiendo leerlo integro.
LA VÍSPERA
I
Parece que es la hora, y no es la hora.
Parece que está todo... y algo falta.
Parece que la alcanzo y es más alta.
Parece que se acerca, y se evapora.
Parece que amanece, y es la aurora.
Parece que es su voz, me sobresalta,
y siento que algo huye, algo salta
como una luz esquiva y brincadora.
Pero sigo esperando, que a mi modo,
en ese hueco de esperarla, todo
me sabe a la alegría del reencuentro.
Si en mi pulso ya late su latido,
¿qué será cuando, al ver que ya ha venido,
la semana de Dios me suene dentro?
II
Parece que ya estamos y no estamos.
Parece que es el día y no es el día.
Parece que traía y nos traía
un domingo de palmas y de ramos
y todavía el día no alcanzamos,
aunque nos parecía que venía,
aunque al mirar al lejos parecía...
Y por esa esperanza la esperamos.
Parece que la tengo, y no la tengo,
parece que en la mano la sostengo
pero en la mano yo no la distingo.
¿Qué será cuando al fin se manifieste
estrenando una túnica celeste
y vista de celestes el domingo?
III
Parecía que nunca volvería.
Parecía que ya no se acordaba.
Parecía que el tiempo la alejaba
y que en el tiempo mismo se perdía.
Parecía que no nos conocía.
Parecía que ya nos olvidaba.
Parecía que poco le importaba
volver al mismo nido... Parecía.
Pero mirad al sol haciendo guiños
en los ojos sagrados de los niños,
donde se purifica la mañana...
Esperad, mis impacientes paisanos:
para tocar el cielo con las manos
nos falta solamente una semana.
De repente, aquí estoy. Aquí está el pregonero asomado a las tapias de la ciudad, como un chiquillo escapado correteando por entre olivos, con la atmósfera del campo en los bolsillos. Apoyo las manos en este alféizar de madera y te veo, ciudad, con los ojos del asombro y del aturdimiento, vestida de domingo de pregón. No sé lo que esperas hoy de mí, pero sí sé lo que yo llevo entre los aliños de mi indumentaria para darte. Yo he venido a conversar con el Dios de los adentros, el que se esconde en los secretos impenetrables de esa cámara de seguridad inviolable que es la conciencia de cada uno. Traigo al Cristo que me acompaña en las inmensas honduras del vacío, al Cristo que cree en mí, el que transita sentenciado por tus calles con un sueño de espumas blancas tras su paso, el que no se me muere en las tardes tormentosas del viernes, el que tanta conversación me ha dado en las horas perdidas de Humildad, de Siembra, de Paciencia en la lenta espera del verdeo de las cosas.
Todo Amor acude desde la nada. De lo contrario, no es Amor. No existe la volumetría que mide la Fe, ni la unidad patrón mediante la cual sepamos cuánto Dios lleva cada uno alojado en los costados. Un hombre es un universo incomparable, al que juzgará Quien debe juzgarlo cuando llegue la hora. Por ello, este amor sensato que tanto me desordena viene hoy volcado en palabras escritas con la sangre de la tierra, aparatosamente sinceras, para desnudar la auténtica confesión de mis días y mis noches, para celebrar la Eucaristía del que quiere escapar, como los niños débiles, a la verdad de sus inocencias.
Mientras Abril escala sereno por las ventanas y se desperezan lentas las blancas vestimentas del Domingo de Ramos, viene a verte, asomándose a tu tapia, quien lleva un hombre por dentro que ha vuelto a reconstruirse, como en un alba inesperada, con el manantial de inquietudes que me ha regalado Cristo en nuestro enésimo reencuentro. ¿A quién le doy las gracias, Señor? A quien corresponda le debo este abrazo de carne y madero, estas conversaciones en el silencio de penumbras ermitañas, esta lluvia bendita, calmosa y clara, sobre las mataduras de mi ánimo, esta húmeda certeza de llanto, esta carcajada de Fe sobre el miedo adolescente... ¿A quién debo agradecerle llevar en mi bolsillo la seda morena en la que envolver mis amarguras? A quien corresponda, sepa que el día en que se apaguen todas las lámparas, una luz de centeno despejará de mi camino tantos ángeles caídos.
Hay cielos tan azules que resultan, al fin, amenazantes sobre las cabezas. Y uno no sabe cómo protegerse de ello. La única forma efectiva de guarecerse tal vez sea despojarse de estas ropas y, como un pájaro descubierto en la estampía de la primavera, contar la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad de lo que cocina Dios en mis pucheros. Yo soy el que vais a oír. No el que os hayan dicho. Yo soy, esta mañana, un sueño escapado de un incendio, una sangre molturada en mil almazaras, una batalla que echó el ancla en la noche misma y que hoy viene, vestido de lienzo, a orear una sábana de luz por el adentro de tus muros.
Por eso...
Prefiero su cercanía,
siempre distinta y tan suya,
con el callado aleluya
que lleva cruzando el día.
Y va por donde solía,
tan yente como viniente,
y nota que de repente
el tiempo se le eterniza
en una cruz de ceniza
en el centro de la frente.
Miradla, diosa dormida
navegando por su sueño,
despreocupada, sin dueño,
pero con rumbo a la vida.
Miradla. Parece ida,
y se está haciendo adjetivo
siempre renovado y vivo
por el que la idolatramos.
Eterno estreno por Ramos
llevará por el olivo.
os recomiendo leerlo integro.
LA VÍSPERA
I
Parece que es la hora, y no es la hora.
Parece que está todo... y algo falta.
Parece que la alcanzo y es más alta.
Parece que se acerca, y se evapora.
Parece que amanece, y es la aurora.
Parece que es su voz, me sobresalta,
y siento que algo huye, algo salta
como una luz esquiva y brincadora.
Pero sigo esperando, que a mi modo,
en ese hueco de esperarla, todo
me sabe a la alegría del reencuentro.
Si en mi pulso ya late su latido,
¿qué será cuando, al ver que ya ha venido,
la semana de Dios me suene dentro?
II
Parece que ya estamos y no estamos.
Parece que es el día y no es el día.
Parece que traía y nos traía
un domingo de palmas y de ramos
y todavía el día no alcanzamos,
aunque nos parecía que venía,
aunque al mirar al lejos parecía...
Y por esa esperanza la esperamos.
Parece que la tengo, y no la tengo,
parece que en la mano la sostengo
pero en la mano yo no la distingo.
¿Qué será cuando al fin se manifieste
estrenando una túnica celeste
y vista de celestes el domingo?
III
Parecía que nunca volvería.
Parecía que ya no se acordaba.
Parecía que el tiempo la alejaba
y que en el tiempo mismo se perdía.
Parecía que no nos conocía.
Parecía que ya nos olvidaba.
Parecía que poco le importaba
volver al mismo nido... Parecía.
Pero mirad al sol haciendo guiños
en los ojos sagrados de los niños,
donde se purifica la mañana...
Esperad, mis impacientes paisanos:
para tocar el cielo con las manos
nos falta solamente una semana.
De repente, aquí estoy. Aquí está el pregonero asomado a las tapias de la ciudad, como un chiquillo escapado correteando por entre olivos, con la atmósfera del campo en los bolsillos. Apoyo las manos en este alféizar de madera y te veo, ciudad, con los ojos del asombro y del aturdimiento, vestida de domingo de pregón. No sé lo que esperas hoy de mí, pero sí sé lo que yo llevo entre los aliños de mi indumentaria para darte. Yo he venido a conversar con el Dios de los adentros, el que se esconde en los secretos impenetrables de esa cámara de seguridad inviolable que es la conciencia de cada uno. Traigo al Cristo que me acompaña en las inmensas honduras del vacío, al Cristo que cree en mí, el que transita sentenciado por tus calles con un sueño de espumas blancas tras su paso, el que no se me muere en las tardes tormentosas del viernes, el que tanta conversación me ha dado en las horas perdidas de Humildad, de Siembra, de Paciencia en la lenta espera del verdeo de las cosas.
Todo Amor acude desde la nada. De lo contrario, no es Amor. No existe la volumetría que mide la Fe, ni la unidad patrón mediante la cual sepamos cuánto Dios lleva cada uno alojado en los costados. Un hombre es un universo incomparable, al que juzgará Quien debe juzgarlo cuando llegue la hora. Por ello, este amor sensato que tanto me desordena viene hoy volcado en palabras escritas con la sangre de la tierra, aparatosamente sinceras, para desnudar la auténtica confesión de mis días y mis noches, para celebrar la Eucaristía del que quiere escapar, como los niños débiles, a la verdad de sus inocencias.
Mientras Abril escala sereno por las ventanas y se desperezan lentas las blancas vestimentas del Domingo de Ramos, viene a verte, asomándose a tu tapia, quien lleva un hombre por dentro que ha vuelto a reconstruirse, como en un alba inesperada, con el manantial de inquietudes que me ha regalado Cristo en nuestro enésimo reencuentro. ¿A quién le doy las gracias, Señor? A quien corresponda le debo este abrazo de carne y madero, estas conversaciones en el silencio de penumbras ermitañas, esta lluvia bendita, calmosa y clara, sobre las mataduras de mi ánimo, esta húmeda certeza de llanto, esta carcajada de Fe sobre el miedo adolescente... ¿A quién debo agradecerle llevar en mi bolsillo la seda morena en la que envolver mis amarguras? A quien corresponda, sepa que el día en que se apaguen todas las lámparas, una luz de centeno despejará de mi camino tantos ángeles caídos.
Hay cielos tan azules que resultan, al fin, amenazantes sobre las cabezas. Y uno no sabe cómo protegerse de ello. La única forma efectiva de guarecerse tal vez sea despojarse de estas ropas y, como un pájaro descubierto en la estampía de la primavera, contar la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad de lo que cocina Dios en mis pucheros. Yo soy el que vais a oír. No el que os hayan dicho. Yo soy, esta mañana, un sueño escapado de un incendio, una sangre molturada en mil almazaras, una batalla que echó el ancla en la noche misma y que hoy viene, vestido de lienzo, a orear una sábana de luz por el adentro de tus muros.
Por eso...
Prefiero su cercanía,
siempre distinta y tan suya,
con el callado aleluya
que lleva cruzando el día.
Y va por donde solía,
tan yente como viniente,
y nota que de repente
el tiempo se le eterniza
en una cruz de ceniza
en el centro de la frente.
Miradla, diosa dormida
navegando por su sueño,
despreocupada, sin dueño,
pero con rumbo a la vida.
Miradla. Parece ida,
y se está haciendo adjetivo
siempre renovado y vivo
por el que la idolatramos.
Eterno estreno por Ramos
llevará por el olivo.