SEGUNDA ENTREGA DEL PREGóN A LAS FIESTAS DE 2002
Mis amigos egabrenses, sentios como en vuestra propia casa. Os presento a mis generosos hermanos fuensanteños que os acogen igual que a mi, porque Fuensanta es un pueblo que a los forasteros los mima con todo su amor, por eso cuando se despiden, la lloran con el corazón.
El camino que va hacia Fuensanta es limpio y ondulante. Los cortijos, con los molinos de agua esperando al viento. Los pares de mulos, a la puerta. Entre el aceitunar, los tractores. Los fumigadores. A veces ya, las chicharras. Tierra roja. Un puente en el fondo de una garganta.
Cazalla, como buque-insignia en medio de un mar de olivares. La Torre, junto al Castillo que corona “El Algarrobo”, vigía perenne de la historia de Fuensanta. El Puente Máximo, al que llegaba sin frenos con mi bicicleta, después de dejarme caer por la Cuesta del Molino Alto. La Era Marianica,
A la que tantas y tantas veces fui de paseo con mi madre en las tardes primaverales Fuensanteñas.
Por fin... Fuensanta, de blanco. La Calle Real, llana como la espalda de un niño. Casas muy bonitas, muy de la baja Andalucía; casi me atrevería a escribir que son las blancas casitas de la Andalucía marinera. Flores en los balcones, geranios en las ventanas, árboles en las calles y un altivo cementerio en la ladera de la montaña, a la vista del pueblo, en blanco y verde, como si recordara, a pesar del clima y de la paz, que una vez en la vida hay que morirse
He pasado la mayor parte de mi vida fuera de Fuensanta. Y he vuelto ahora, de Pregonero, junto a mi familia presente y futura. Confieso que lo hago con la misma mirada ilusionada, con la idéntica alegría juvenil de que he gozado cuando marché a Martos, a mis diez años. Después de toda las peripecias de mi vida sencilla, he venido, pasadas cuarenta primaveras, a las fuentes de mi niñez y os saludo con un simple “decíamos ayer...”.
Porque todo sigue igual para mi: mis paisanos, el pueblo, permanecen lo mismo, revalorados en la emoción del recuerdo. No, no importa que el tiempo haya marcado fisonomías y caracteres. La amistad, el cariño, el respeto y la simpatía van mas allá de las arrugas y las canas, si se saben sentir desde lo más profundo del corazón.
Tampoco han desaparecido los muertos, porque siguen vivos en aquella anécdota, frase, gesto, casa o esquina. Y también están presentes en nuestras oraciones, y debajo de las flores que a diario ponemos en las lápidas de ese cementerio que “mas que un camposanto parece un huerto”.
Mis amigos egabrenses, sentios como en vuestra propia casa. Os presento a mis generosos hermanos fuensanteños que os acogen igual que a mi, porque Fuensanta es un pueblo que a los forasteros los mima con todo su amor, por eso cuando se despiden, la lloran con el corazón.
El camino que va hacia Fuensanta es limpio y ondulante. Los cortijos, con los molinos de agua esperando al viento. Los pares de mulos, a la puerta. Entre el aceitunar, los tractores. Los fumigadores. A veces ya, las chicharras. Tierra roja. Un puente en el fondo de una garganta.
Cazalla, como buque-insignia en medio de un mar de olivares. La Torre, junto al Castillo que corona “El Algarrobo”, vigía perenne de la historia de Fuensanta. El Puente Máximo, al que llegaba sin frenos con mi bicicleta, después de dejarme caer por la Cuesta del Molino Alto. La Era Marianica,
A la que tantas y tantas veces fui de paseo con mi madre en las tardes primaverales Fuensanteñas.
Por fin... Fuensanta, de blanco. La Calle Real, llana como la espalda de un niño. Casas muy bonitas, muy de la baja Andalucía; casi me atrevería a escribir que son las blancas casitas de la Andalucía marinera. Flores en los balcones, geranios en las ventanas, árboles en las calles y un altivo cementerio en la ladera de la montaña, a la vista del pueblo, en blanco y verde, como si recordara, a pesar del clima y de la paz, que una vez en la vida hay que morirse
He pasado la mayor parte de mi vida fuera de Fuensanta. Y he vuelto ahora, de Pregonero, junto a mi familia presente y futura. Confieso que lo hago con la misma mirada ilusionada, con la idéntica alegría juvenil de que he gozado cuando marché a Martos, a mis diez años. Después de toda las peripecias de mi vida sencilla, he venido, pasadas cuarenta primaveras, a las fuentes de mi niñez y os saludo con un simple “decíamos ayer...”.
Porque todo sigue igual para mi: mis paisanos, el pueblo, permanecen lo mismo, revalorados en la emoción del recuerdo. No, no importa que el tiempo haya marcado fisonomías y caracteres. La amistad, el cariño, el respeto y la simpatía van mas allá de las arrugas y las canas, si se saben sentir desde lo más profundo del corazón.
Tampoco han desaparecido los muertos, porque siguen vivos en aquella anécdota, frase, gesto, casa o esquina. Y también están presentes en nuestras oraciones, y debajo de las flores que a diario ponemos en las lápidas de ese cementerio que “mas que un camposanto parece un huerto”.