PEDRO MARTINEZ: El cuervo llegó al pueblo el invierno en que dejó de...

El cuervo llegó al pueblo el invierno en que dejó de nevar, y desde entonces nadie volvió a olvidar del todo lo que creía haber perdido.
Lo llamaron Salomón, y nunca se supo bien por qué. Quizá porque miraba a los ojos como si estuviera decidiendo algo importante.
No graznaba.
No revolvía las basuras.
No espantaba a los gatos del zaguán.
Solo tenía una costumbre.
Cada amanecer, alguien encontraba un objeto pequeño en el umbral de su casa.
Un dedal de plata con las iniciales gastadas.
Una postal escrita en tinta violeta.
Un pañuelo bordado que aún olía a colonia antigua.
A veces, hojas arrancadas de diarios que nadie escribía desde hacía décadas.
Al principio hablaron de casualidad. De alguna broma de chiquillos. Pero pasó el otoño, pasó el invierno, y las coincidencias se volvieron demasiado exactas para seguir llamándose así.
Salomón no traía cosas. Traía memoria.
Cada objeto caía justo en el punto donde a cada uno le seguía faltando algo. Un lugar dentro que uno ni siquiera sabía que aún dolía.
Doña Adela, la panadera, recibió una cinta azul idéntica a la que su madre le ataba al pelo antes de morir. Llevaba veinte años sin llorar, y esa mañana se le quemó el horno.
Al maestro le dejó un lapicero de plomo mordido por un lado, exacto al que su padre le había regalado el día que aprobó las oposiciones. Lo apretó en la mano y se quedó sentado en el escalón sin decir nada durante casi una hora.
Al herrero, a quien nadie recordaba haber visto sonreír, le puso una piedra plana pulida por el río. La misma que él y su hermano habían encontrado a los ocho años, y que llevaba enterrada desde el entierro.
Nunca se dejó atrapar. Ni con trampas, ni con migas, ni con paciencia.
Aparecía, dejaba, y se marchaba como si el aire lo hubiera prestado apenas un instante.
Algunos no vienen a llevarse nada.
Vienen a devolver lo que llevábamos años dando por perdido, sin saber que seguía vivo dentro.