PEDRO MARTINEZ: Fray simplón y las palomas...

Fray simplón y las palomas

El fraile a cargo de la iglesia, era bondadoso y compasivo con todos, incluyendo a los animales que veía indefensos. Su afición era alimentar a las palomas; por este motivo, poseía un gran palomar, en el campanario de la iglesia, allí era donde pasaba su tiempo libre, dedicado al cuidado de esos animales. Es probable que el párroco se haya dedicado tanto a sus palomas, que, por eso, era poco comunicativo con las personas y respondía con simpleza y desinterés. Por ese motivo, la gente de Guayaquil, le decía Fray Simplón. En el año 1766, la ciudad de Guayaquil sufrió un fuerte temblor que se sintió en todo el territorio de la Real Audiencia; el movimiento telúrico se debió a la erupción del volcán Cotopaxi. Como consecuencia de este desastre natural, muchas construcciones se vieron afectadas y las estructuras cayeron. El Lic. Martín Bruno Sojo, corregidor de Guayaquil, tuvo que realizar un recorrido de emergencia por la ciudad para verificar los daños. Cuando llegó a la Iglesia de San Francisco vio que su campanario había quedado seriamente agrietado. Aunque la situación de la iglesia era crítica y amenazaba con destruir el campanario y la misma iglesia, Fray Simplón le dijo al corregidor: Su excelencia, aquí no ha pasado nada, mire cómo se mantiene en pie el albergue de mis palomas. La simpleza del fraile que no se fijaba en el peligro de una caída del campanario, hizo que el corregidor se molestara de tal manera que impuso un plazo de tres semanas para que el fraile arregle el campanario, de lo contrario sería demolido. Es así como el fraile decidió salir a pedir limosna para reconstruir el campanario, pero los guayaquileños, estaban reconstruyendo sus hogares y le prestaron muy poca atención. Además, Fray Simplón, se veía tan tranquilo y calmado, que nadie imaginaba el calamitoso estado de la iglesia. Cuando se terminó la semana, Fray Simplón, había reunido tan solo tres monedas, lo cual era muy poco para lograr su cometido. Así que, levantó los hombros y confiado, dijo: – Dios proveerá, con estas monedas voy a comprar comida para mis palomas. Y eso fue lo que hizo. Pasados unos pocos días, se presentó en la iglesia, uno de los fieles que era albañil. El fraile y el buen hombre, consiguieron afirmar ligeramente la torre, en el poco tiempo que les quedaba para cumplir el plazo del corregidor. El día en que llegó el Lic. Martín Bruno Sojo, vio que el campanario estaba firme, y ya no tenía excusa para demolerlo. Inmediatamente, inventó una historia para amenazar al fraile, por el que sentía gran antipatía. Le contó, que esa noche tuvo un sueño en el que vio una legión de demonios, que llegaba para destruir el campanario sobre la cabeza del fraile. A pesar de esta intimidación, Fray Simplón respondió: Señor Corregidor, no hay de qué preocuparse, por cada legión de demonios, hay un coro de ángeles. Así pues, el Corregidor, más molesto por la respuesta del sacerdote, tomó una malvada decisión. Esa misma noche, envió a una cuadrilla de lacayos para que destruyeran el campanario. Pero cuán grande fue la sorpresa de los trabajadores, cuando vieron que una bandada de palomas, en perfecta formación, llegó a la Iglesia y con sus picos recogían los escombros para colocarlos en su lugar. Según cuentan, esa fue una de las noches más oscuras de Guayaquil, pues la gran cantidad de palomas cubrió el cielo y no dejó ver el brillo de la luna ni de las estrellas. Por la mañana, el Corregidor fue a burlarse de Fray Simplón, pero quedó desconcertado, al ver que en lugar de las ruinas, se levantaba una flamante torre, sin rastros de cuarteaduras. Por lo que preguntó totalmente alterado ¿Qué ha pasado aquí? A lo que el buen Fray Simplón, contestó con su habitual calma: ¡Fue el coro de mis ángeles, señor! Mis ángeles.