PEDRO MARTINEZ: Los sacerdotes se sorprendían, Manuel Chili, el pequeño...

Los sacerdotes se sorprendían, Manuel Chili, el pequeño indígena que se descolgaba de un lado a otro entre andamios y pasadizos en el interior de la iglesia de La Compañía de Jesús, de pronto se convirtió en un gran artista. Los jesuitas, atraídos por la habilidad de este joven, decidieron tomarlo a su cargo, darle vivienda, comida y un poco de dinero, ya que los talladores no tenían el reconocimiento de verdaderos artistas. También le ofrecieron una preparación especial en el arte, para que obtuviera un mejor dominio de la escultura y la pintura. Era conocido con el seudónimo que en kichwa significa «cara de palo», así nació el gran ¡Caspicara! Manuel trabajaba doce horas al día sobre andamios y bordes peligrosos. Esto, dicen, le creó una extraña fobia a las alturas. Cuentan que por esta fobia permanecía largos ratos en silencio y con los ojos cerrados, hasta que lograba tranquilizarse. El capellán de la iglesia cuando lo veía se enfurecia: él imaginaba que Manuel Chili estaba dormido. Su fama se extendió y sus obras empezaron a cotizarse en grandes pesos en oro. Las iglesias de nuestro país, como también las de Colombia, Perú, Venezuela y España, gozaban con la majestuosidad de sus cristos, marías y niños dioses. La belleza y realismo de estas imágenes, que mucha gente les ha dado virtudes milagrosas. Actualmente, sus obras son de un valor incalculable, además de ser consideradas Patrimonio Cultural del país. Irónicamente, el maestro Manuel Chili murió en la mayor pobreza, abandonado en un hospicio y despreciado por la gente. Caspicara, quien vivió entre los años 1723 y 1796, fue un gran escultor ecuatoriano, considerado uno de los máximos exponentes de la llamada Escuela de Quito durante el siglo XVIII.