PEDRO MARTINEZ: Toledo, 1580....

Toledo, 1580.
Una mujer llamada Elena de Céspedes entra en la sala donde la esperan los médicos del Protomedicato de Castilla. Son los que firman las licencias de cirujano en el reino de Felipe II. Señores de negro, con sus títulos de Salamanca colgados en la pared y esa expresión de funcionario con poder que no ha cambiado en cinco siglos. Viene a examinarse. Lleva años operando. Ha atendido heridas de guerra, ha cerrado abdómenes, ha tratado fracturas en hospitales del reino. Sus pacientes la buscan expresamente. Tiene práctica, tiene criterio, tiene manos. Los médicos del Protomedicato la examinan. Y la aprueban. Elena de Céspedes recibe su licencia oficial de cirujana. Es, que sepamos, la primera mujer con ese título oficial en la historia del mundo. No en Europa. En el mundo.
Había nacido esclava, hija de una mujer esclavizada en Alhama de Granada, sin apellido propio, sin tierras, sin nada que el mundo de su época considerara que valía algo. Y se convirtió en la primera cirujana del mundo. En España. Hace cuatrocientos cincuenta años.
La medievalista Theresa Earenfight, de la Seattle University y una de las mayores especialistas en las monarquías ibéricas, lleva décadas estudiando algo que los libros de historia convencional tratan como nota a pie de página: el ejercicio real del poder por parte de las reinas medievales hispánicas. Su tesis es incómoda para el relato victimista.
Las mujeres con poder en la España medieval no eran decorado de sus maridos. Muchas gobernaban, administraban, tomaban decisiones militares y diplomáticas, y lo hacían con la misma brutalidad pragmática que cualquier rey de la época. No porque el mundo fuera un paraíso feminista (era una época brutal para casi todo el mundo), sino porque las mujeres con poder siempre encontraron la forma de ejercerlo.
La historia que las borra no empezó en la Edad Media. Empezó después, cuando alguien decidió qué merecía ser contado y qué podía desaparecer sin que nadie protestara demasiado. La mayor violencia contra las mujeres históricas no fue la que sufrieron en vida. Fue la invisibilidad que les impusimos después de muertas.