¿Por qué grabas eso todo el tiempo?
El profesor lo dijo medio en broma, medio intrigado.
Kenji, doce años, tranquilo, educado, siempre llevaba una pequeña grabadora en el bolsillo.
No era el típico alumno que buscaba llamar la atención.
Pero grababa.
El timbre.
Las sillas arrastrándose.
La lluvia contra las ventanas.
Las risas en el recreo.
—Me gusta escuchar luego —respondió.
— ¿Y qué escuchas?
Kenji dudó un instante.
—Cosas que ya pasaron.
Al principio, nadie le dio importancia.
Hasta que un día, durante una exposición en clase, el profesor decidió preguntarle delante de todos.
—Kenji, si quisieras grabar el sonido más importante del mundo… ¿cuál sería?
El aula rió.
Kenji no.
—El de mi casa antes.
Silencio.
El profesor bajó el tono.
— ¿Antes de qué?
—Antes de que mi padre se fuera.
Nadie volvió a reír.
Kenji apretó la grabadora entre los dedos.
—Antes, en mi casa había ruido. Platos. Televisión. Mi madre cantando bajito. Mi padre tosiendo cuando leía el periódico.
Ahora todo suena… vacío.
El profesor tragó saliva.
— ¿Y por eso grabas sonidos?
—Sí. Porque tengo miedo de olvidar cómo sonaba la vida cuando estaba entera.
Aquella tarde, el profesor no pudo sacarse la frase de la cabeza.
Días después, pidió a los alumnos un trabajo diferente:
“Traed un sonido que signifique algo para vosotros.”
Llegaron audios torpes, grabados con móviles:
Un perro ladrando.
Una abuela riendo.
Un hermano pequeño diciendo una palabra mal pronunciada.
Una cafetera.
Un “te quiero” robado sin que la madre lo supiera.
Cuando llegó el turno de Kenji, no puso nada.
Solo levantó la grabadora.
—Todavía estoy coleccionando.
El profesor comprendió algo brutal y hermoso al mismo tiempo:
Los adultos guardan fotos.
Los niños, cuando algo les duele de verdad… guardan ecos.
El profesor lo dijo medio en broma, medio intrigado.
Kenji, doce años, tranquilo, educado, siempre llevaba una pequeña grabadora en el bolsillo.
No era el típico alumno que buscaba llamar la atención.
Pero grababa.
El timbre.
Las sillas arrastrándose.
La lluvia contra las ventanas.
Las risas en el recreo.
—Me gusta escuchar luego —respondió.
— ¿Y qué escuchas?
Kenji dudó un instante.
—Cosas que ya pasaron.
Al principio, nadie le dio importancia.
Hasta que un día, durante una exposición en clase, el profesor decidió preguntarle delante de todos.
—Kenji, si quisieras grabar el sonido más importante del mundo… ¿cuál sería?
El aula rió.
Kenji no.
—El de mi casa antes.
Silencio.
El profesor bajó el tono.
— ¿Antes de qué?
—Antes de que mi padre se fuera.
Nadie volvió a reír.
Kenji apretó la grabadora entre los dedos.
—Antes, en mi casa había ruido. Platos. Televisión. Mi madre cantando bajito. Mi padre tosiendo cuando leía el periódico.
Ahora todo suena… vacío.
El profesor tragó saliva.
— ¿Y por eso grabas sonidos?
—Sí. Porque tengo miedo de olvidar cómo sonaba la vida cuando estaba entera.
Aquella tarde, el profesor no pudo sacarse la frase de la cabeza.
Días después, pidió a los alumnos un trabajo diferente:
“Traed un sonido que signifique algo para vosotros.”
Llegaron audios torpes, grabados con móviles:
Un perro ladrando.
Una abuela riendo.
Un hermano pequeño diciendo una palabra mal pronunciada.
Una cafetera.
Un “te quiero” robado sin que la madre lo supiera.
Cuando llegó el turno de Kenji, no puso nada.
Solo levantó la grabadora.
—Todavía estoy coleccionando.
El profesor comprendió algo brutal y hermoso al mismo tiempo:
Los adultos guardan fotos.
Los niños, cuando algo les duele de verdad… guardan ecos.