PEDRO MARTINEZ: Tengo una zapatería pequeña en el centro....

Tengo una zapatería pequeña en el centro.
Ayer estaba haciendo limpieza de bodega. Saqué varias cajas de zapatos viejos, devoluciones, pares impares o rotos que ya no se podían vender.
Los eché en una bolsa negra y la saqué a la banqueta para que se la llevara el camión.
Estaba cerrando la cortina cuando sentí un jaloncito en mi pantalón.
Bajé la mirada. Era un niño. Carlitos.
Lo conozco porque siempre anda por ahí vendiendo chicles. Tiene unos 7 años. Su ropa le queda grande y siempre anda con unas chanclas de hule remendadas con alambre.
—Señor Beto… —me dijo con voz tímida—. ¿Esa bolsa es basura?
—Sí, Carlitos. Son zapatos viejos. No sirven.
Sus ojos brillaron.— ¿Me la regala?
—Hijo, están rotos. Despegados. No te van a servir. Mejor luego te busco unos tenis que le quedaron chicos a mi sobrino.
—No, no —insistió—. No son para mí. Por favor, señor. ¿Me los regala?
Me encogí de hombros.—Llévatela, pues. Pero pesan.
Carlitos agarró la bolsa, que era casi de su tamaño, y se la echó al hombro como si fuera Santa Claus. Me dio curiosidad.
Cerré el local y lo seguí a distancia, sin que me viera.
Caminó tres cuadras hasta la plaza donde se juntan otros niños de la calle y algunos indigentes. Llegó y abrió la bolsa.
Sacó unos tacones a los que les faltaba una tapa.
Se acercó a una señora que vende dulces sentada en el suelo, que tenía los pies envueltos en trapos.
—Mire, Doña Chole. Para que se vea guapa el domingo.
La señora sonrió, se los probó (le quedaban chicos, pero no importó) y le dio un beso en la frente. Luego sacó una bota de trabajo que tenía la suela partida.
Se la dio a un señor que limpia parabrisas y que andaba descalzo de un pie.
—Don Pedro, nomás encontré una, pero está mejor que nada, ¿no?
El señor se puso la bota, feliz.
—Gracias, mijo. Ya no me voy a quemar con el asfalto. Carlitos siguió repartiendo.
Unos tenis de niña despintados para su amiguita. Unas sandalias rotas para otro niño.
Repartió todo. La bolsa quedó vacía.
Él seguía con sus chanclas de hule remendadas.
No se quedó con nada. Me acerqué, con un nudo en la garganta.
—Carlitos…Él volteó, asustado.
—No los vendí, señor Beto, se lo juro. Los regalé. Me arrodillé frente a él.
—Ya vi, campeón. Ya vi. Oye… ¿y para ti? ¿Por qué no agarraste unos para ti?
Él miró sus pies sucios.
—Es que mis chanclas todavía aguantan, señor. Pero Doña Chole tenía frío. Y Don Pedro se quemaba. Ellos necesitaban más.
Sentí que el mundo se me caía encima.
Yo, que me quejo porque no me alcanza para el celular nuevo.
Yo, que tiro cosas porque tienen un rasguño.
Y este niño, que no tiene nada, lo dio todo. Lo tomé de la mano.
—Vente, Carlitos. Vamos a abrir la tienda otra vez.— ¿Para qué?
—Porque hoy te toca a ti. Y no te voy a dar sobras. Lo llevé a la zapatería.
Le probé los mejores tenis que tenía. Unos de luces, de esos que a los niños les encantan. Le puse calcetines nuevos. Cuando se vio en el espejo, lloró.
— ¿Son míos? ¿De verdad? —Tuyos y no te los vas a quitar.
Salió de la tienda saltando, haciendo brillar las luces de sus suelas.
Desde ayer, no veo las cosas igual. Entendí que la pobreza no es la falta de dinero.
La pobreza es la falta de empatía.
Y ese niño, con sus bolsillos vacíos, es el ser más rico que he conocido en mi vida.