PEDRO MARTINEZ: Historietas para entretener....

Historietas para entretener.

En un pequeño pueblo del interior de Eslovaquia, vivía una anciana llamada Ruzena que tenía una costumbre muy extraña: a todo el mundo le cambiaba el nombre.
Al panadero lo llamaba “Sonrisa de Maíz”. A la señora del mercado, “Manos que curan”. Al cartero, “Caminante Silencioso”.
Al principio, todos pensaban que era parte de su vejez, una excentricidad más. Algunos incluso se ofendían:
— ¡Me llamo Marek! —le reclamó una vez el encargado de la farmacia.
Ella solo respondía:
—Sí, pero no es lo que tú eres.
Los niños la adoraban. Cada vez que alguien recibía su nuevo “nombre secreto”, lo contaban con orgullo. Porque nunca eran insultos ni apodos. Eran descripciones poéticas de lo que ella veía en las personas, no con los ojos, sino con el corazón.
Un día, una mujer recién llegada al pueblo —triste, con aspecto cansado— fue a la plaza. Ruzena se acercó, la miró unos segundos y le dijo:
—Bienvenida, “Luz que aún no sabe que brilla”.
La mujer rompió a llorar.
Días después, empezó a sonreír.
La historia corrió. Personas de pueblos cercanos empezaron a visitar a Ruzena solo para que les dijera cómo los “veía”. Algunos venían por curiosidad. Otros por desesperación. Un hombre dijo que después de recibir su “nombre” dejó el alcohol. Otro escribió una carta reconciliándose con su hijo.
— ¿Qué ve usted, señora? —le preguntó una periodista.
—Lo que cada uno ha olvidado que es.
Cuando Ruzena murió, la iglesia se llenó de vecinos… y de gente que nadie conocía. Muchos llevaban colgado un papel con su nombre de siempre tachado, y debajo, el que ella les dio.
El cura no hizo sermón.
En su lugar, subió un niño al altar y leyó uno por uno todos los nombres que ella había repartido durante más de treinta años.
Duró horas.
Nadie se fue.
Hoy, en el banco de piedra donde Ruzena solía sentarse, hay una placa que no dice su nombre verdadero. Solo esto:
“Aquí se sentaba una mujer que vio a todos… antes de que ellos se vieran.”