Había una niña que pasaba todas las tardes sentada junto al río.
No tenía móvil, ni mochila, ni amigos cerca. Solo una libreta pequeña, con la tapa arrugada y las esquinas comidas por la humedad.
Cada día, exactamente a las cinco, aparecía en el mismo banco de piedra. Miraba el agua durante un rato, escribía algo, y luego se marchaba antes del anochecer.
Al principio, nadie prestaba atención.
Hasta que una tarde de abril, Sandro, un jubilado que solía alimentar a los patos a esa hora, se sentó más cerca de lo habitual.
— ¿Qué escribes ahí?
La niña lo miró sin miedo.
—Historias.
— ¿Tuyas?
—De los que ya no están.
Sandro se quedó callado.
— ¿Y quiénes son esos?
—Gente que nadie recuerda. Los que vivían aquí cuando esto era distinto. El barquero que se perdió en la niebla, la señora que bordaba pañuelos con nombres de gente que no conocía. Mi abuelo, que silbaba igual que el viento.
— ¿Y tú cómo sabes todo eso?
—Porque los escucho —dijo, y señaló el río—. Hablan bajo. Pero si te quedas quieto, se entienden las palabras.
Él rió con ternura.
— ¿Y tú les contestas?
—A veces.
La siguiente semana, Sandro volvió a sentarse a su lado.
Y la siguiente también.
Cada día, la niña le leía un trozo de su libreta.
Pequeñas historias de almas olvidadas, como si fueran cuentos mágicos escondidos en el rumor del agua.
Pero un jueves, no apareció.
Ni el viernes.
Ni el sábado.
Sandro preguntó en la panadería cercana. En la escuela. A los pescadores. Nadie sabía quién era. Nadie la conocía.
Volvió al banco de piedra. Esperó.
Hasta que una tarde, encontró algo bajo el asiento. Era la libreta.
En la primera página, había una nota:
“Gracias por escuchar. A veces eso basta para que los que se fueron puedan descansar.
Y para que los que quedan… no se sientan tan solos.”
Sandro cerró la libreta.
Miró al río.
Y por primera vez en mucho tiempo, creyó oír una canción vieja, silbada por alguien que ya no estaba.
No tenía móvil, ni mochila, ni amigos cerca. Solo una libreta pequeña, con la tapa arrugada y las esquinas comidas por la humedad.
Cada día, exactamente a las cinco, aparecía en el mismo banco de piedra. Miraba el agua durante un rato, escribía algo, y luego se marchaba antes del anochecer.
Al principio, nadie prestaba atención.
Hasta que una tarde de abril, Sandro, un jubilado que solía alimentar a los patos a esa hora, se sentó más cerca de lo habitual.
— ¿Qué escribes ahí?
La niña lo miró sin miedo.
—Historias.
— ¿Tuyas?
—De los que ya no están.
Sandro se quedó callado.
— ¿Y quiénes son esos?
—Gente que nadie recuerda. Los que vivían aquí cuando esto era distinto. El barquero que se perdió en la niebla, la señora que bordaba pañuelos con nombres de gente que no conocía. Mi abuelo, que silbaba igual que el viento.
— ¿Y tú cómo sabes todo eso?
—Porque los escucho —dijo, y señaló el río—. Hablan bajo. Pero si te quedas quieto, se entienden las palabras.
Él rió con ternura.
— ¿Y tú les contestas?
—A veces.
La siguiente semana, Sandro volvió a sentarse a su lado.
Y la siguiente también.
Cada día, la niña le leía un trozo de su libreta.
Pequeñas historias de almas olvidadas, como si fueran cuentos mágicos escondidos en el rumor del agua.
Pero un jueves, no apareció.
Ni el viernes.
Ni el sábado.
Sandro preguntó en la panadería cercana. En la escuela. A los pescadores. Nadie sabía quién era. Nadie la conocía.
Volvió al banco de piedra. Esperó.
Hasta que una tarde, encontró algo bajo el asiento. Era la libreta.
En la primera página, había una nota:
“Gracias por escuchar. A veces eso basta para que los que se fueron puedan descansar.
Y para que los que quedan… no se sientan tan solos.”
Sandro cerró la libreta.
Miró al río.
Y por primera vez en mucho tiempo, creyó oír una canción vieja, silbada por alguien que ya no estaba.