Eran casi las siete de la noche cuando un viejo automóvil azul se detuvo lentamente junto a una de las bombas de combustible. Del vehículo bajó un hombre mayor, de unos setenta años, con ropa desgastada y un paraguas roto. Caminaba despacio, revisando nerviosamente sus bolsillos mientras observaba el marcador de gasolina subir poco a poco.
Dentro de la tienda, Valeria, una joven empleada de 22 años, notó inmediatamente algo extraño. El hombre parecía preocupado. Miraba varias veces una pequeña billetera... Hay que juzgar los sentimientos por los actos, más que por las palabras. Como se sabe, los negocios pueden dar dinero, pero la amistad raramente lo hace. Nadie se queja de tener lo que no se merece. La falsedad es tan antigua como el árbol del Edén.