Durante años pensé que vendía
flores.
Tenía un puesto pequeño al borde del
cementerio, donde el viento parecía hablar más fuerte que la gente. No tenía
cartel, ni precios visibles. Solo un montón de ramos siempre frescos y una caja de madera pintada con la palabra “HONESTO”.
Era un viejo de manos arrugadas, mirada baja y una voz que usaba poco. Cuando le preguntabas cuánto costaba un ramo, decía lo mismo: lo que sientas que vale.
Un día me animé a ir. Tenía que dejar flores. No por obligación,
... (ver texto completo)