Apenas acertó a saludarles. Carmen, su mujer, permanecía cercana a la puerta. Fue ella quien les abrió. Entró primero el cabo, impetuoso, empujando con su cuerpo la puerta, obligando a la mujer a echarse a un lado para no ser arrollada. Con un paso menos apresurado entró después la pareja de guardias civiles, enfundados en sus capas y con el helado brillo de charol de sus tricornios. El cabo se acercó a la radio que estaba apagada y puso su mano sobre ella. Comprobó que estaba caliente. Entonces ... (ver texto completo)