La callejuela tenía nombre, pero nadie lo recordaba. Para todos era simplemente “el pasillo del
mercado”, ese espacio estrecho donde cabía el frío, los cartones, y las historias que no entraban en los noticieros.
Allí vivía Don Laureano. Nadie sabía cuántos años tenía, pero su barba blanca le ganaba respeto entre los niños y su silencio, una especie de misterio entre los adultos. Cada mañana barría el tramo frente a su
rincón con una escoba sin palo. Cada tarde, daba gracias por el trozo de
pan ... (ver texto completo)