LEYENDAS GRANAINAS. El príncipe Al Kamel. Décima Parte.
"La fuga de Ahmed"
¡Andad noramala!
--le respondió el búho mostrándose --
¿Soy yo ave que deba ocuparme en amores?... ¿yo, que he consagrado mi vida a la meditación y a los astros?
--No os ofendais distinguido búho --
--le dijo el príncipe --
dejad por un tiempo de meditar en las estrellas y ayúdame en mi fuga, y os daré todo cuanto podáis apetecer.
Yo tengo todo cuanto necesito --le replicó el búho -- unos cuantos ratones son suficientes para mi frugal sustento, y este agujero me basta para mis estudios;
¿qué más puede desear un filósofo?
--Acordaos, ¡oh sapientisimo búho!,
qué meientras os pasáis la vida begetando en vuestra celda y observando la luna, todo vuestro tslenkento está perdido para el mundo
Algun día seré soberano y entonces os colocaré en un puesto de honor y dignidad.
El búho, aunque filósofo abtraido de las necesidades ordinarias de la vida, no estaba libre de ambicion, por lo qué aceptó, al fin, en huir con el príncipe, su viéndole de mentor y guía en su perenigracion.
Como los amantes ponen por obra prontamente sus planes de amor, el príncipe cogió sus alhajas y las escondió entre sus vestidos, destinandolas para los gastos del viaje, y aquella misma noche se descolgó con su ceñidor por el ajimez de la torre escalando las murallas exteriores del Generalife, y salvó las montañas antes del amanecer, guiado por el búho.
Deliberó después con su mentor la ruta más conveniente que debían tomar.
--Sí valiese mi parecer --le dijo el búho, yo os recomendaria que fuésemos a Sevilla, pues debéis de saber que fui allí a visitar, hace ya de ésto muchos años, a un búho tío mío, que gozaba de gran dignidad y poderío, el cual habitaba en un ángulo arruinado del Alcázar de aquella ciudad.
En mis salidas nocturnas a la población observé con frecuencia una luz que brillaba en una solitaria torre. Poseme entonces sobre el adarve y vi que procedía de la lámpara de un mago árabe a quien vi rodeado de sus libros mágicos, sosteniendo en el hombro a un viejo cuervo, su favorito que había traído de Egipto. Tengo relaciones con ese cuervo y a él le debo gran parte de la ciencia que poseo. El Mago murió mucho después, pero el cuervo habita todavía en la torre, pues sabido es que esas aves gozan de larga vida. Yo os aconsejo,
¡Oh, príncipe! que busquemos al cuervo, porque es un gran zahori y hechicero y conoce perfectamente la magia negra, por la que son tan renombrados los cuervos, especialmente los de Egipto.
Quedó el príncipe maravillado de la sabiduría que encerraba este consejo, y tomó, por lo tanto, dirección hacia Sevilla.
Caminaba sólo de noche para complacer a su compañero, descansando sólo de día en alguna tenebrosa caverna desmantelada torre, pues el búho conocía todos los escondrijos y guaridas y tenía verdadera pasión por las ruinas.
Al fin, cierta mañana al romper el día, llegaron a Sevilla, donde el búho que abirrecia el resplandor y el ruido de las calles, hizo alto cerca de las puertas de la ciudad, sentando sus reales en el hueco de un árbol....
Fin de la Décima Parte.
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