Fez,
Marruecos — 1933
En la medina de Fez, el problema no era perderse. Era no chocar.
Los callejones eran tan estrechos que dos personas apenas podían cruzarse. Burros cargados, vendedores, niños corriendo. Y siempre ocurría lo mismo: en las curvas cerradas, alguien chocaba con alguien. No fuerte.
Pero lo suficiente para derramar
agua, romper mercancía o terminar en una discusión.
Quien más lo veía no era un comerciante rico.
Era Youssef El Idrissi, un hombre de 60 años que afinaba cuchillos
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