Cuando Antón Seoane cumplió 82 años, hizo algo que dejó mudos a todos los marineros de la taberna del
puerto de Muxía.
Se tatuó.
No fue el ancla típica de marino
joven, ni una sirena de trazo grueso. Fue una pequeña brújula, minimalista y fina, en el dorso de su mano derecha, justo encima de los nudillos que el reuma había empezado a deformar.
El tatuador, un chico con los brazos cubiertos de tinta negra y
música rock tronando en el local, se detuvo antes de encender la máquina.
— ¿Seguro, abuelo?
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