A sus 91 años, doña Remedios solo pedía una cosa.
Que no la cambiaran de habitación.
Ni la cama era mejor que las demás, ni tenía vistas bonitas, ni estaba cerca del
jardín donde algunos ancianos pasaban las tardes al sol. La 214 era una habitación pequeña, con las paredes
color crema desgastadas por los años y una
ventana estrecha desde la que apenas se veía el
aparcamiento de la residencia.
Pero cada vez que alguien mencionaba trasladarla, ella respondía igual.
—Aquí me quedo.
Lo decía con
... (ver texto completo)