EL BARRENDERO QUE SABÍA DEMASIADO”
Cada mañana, el mismo ritual:
calle abajo, escoba en mano, gorra gris y una sonrisa sin prisa. Don Jaime barría las aceras del
barrio desde hacía más de veinte años. Algunos lo saludaban con cortesía forzada. Otros, directamente lo ignoraban.
— ¿Cómo estás hoy, don Jaime? —preguntaba el panadero.
—Vivo y agradecido. No es poco —decía él, levantando la vista.
Una vez a la semana, barría la acera de la
biblioteca municipal. Allí solía sentarse unos minutos a observar
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