Era una tarde tibia, con el sol bajando entre los
árboles de una
finca tranquila. Dos hombres estaban sentados bajo un limonero: uno, de cabello canoso y manos curtidas por los años; el otro, más
joven, recién llegado del
pueblo.
Mientras conversaban, una pequeña abeja revoloteó cerca, posándose en una
flor.
El joven, incómodo, se apartó:
— ¡Uf, cuidado! No me vaya a picar esa cosa…
El hombre mayor sonrió, sin moverse.
— ¿Ves esa abeja? No es una amenaza. Es una aliada.
El joven lo miró, confundido.
—Mira,
... (ver texto completo)