Entre un bingo y un cajero automático, en plena
calle Sacramento, una pequeña
puerta -a modo de máquina del tiempo- separa el bullicio de una ciudad del siglo XXI, de los ecos de las labores en una factoría
romana del siglo y a. C.
Un viaje de 2.100 años en el tiempo para el que sólo hay que descender seis metros de
escalera, y en el que el gradual olor a humedad y una luz tamizada preparan psicológicamente para la inmersión. Tras la bajada, se despliega una
pasarela de suelo transparente a lo
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