PESCA SUBMARINA
PARTE I
“ ALMERÍA AL SOL” de Tico Medina.
“A todos aquellos que me enseñaron a querer a esta tierra y estas gentes. Y a todos aquellos que me enseñaron también a compadecer que no a odiar, a los parásitos, a los tontos, a los canallas y a los pobres de espíritu”.
Este libro lo compró mi padre por el precio de veinte duros principalmente porque en uno de sus capítulos hablaba del “ Santo de los Periodistas”: Fructuoso Pérez Márquez. Mi padre lo vio como un caso tipo de historia sencilla en muchos aspectos similar a la de su padre y a la vez víctima de la maldita guerra fraticida. Este señor fue durante 19 años director del Periódico almeriense “ La Independencia” que en su día utilicé para recuperar del pasado la historia del ciclón de San Pedro. Ahora aprovechando este libro escrito por el periodista Tico Medina (lo recordarán por el programa 300 millones) recordaremos juntos algunas noticias de la época.
PESCA SUBMARINA
Esto se escribía en el Mundo Deportivo en el mes de agosto de 1961:
“Ante los campeonatos del mundo de pesca submarina. Almería. Siguen con gran intensidad los trabajos preparatorios del IV Campeonato Mundial de Pesca Submarina, que comenzará el día 16 para finalizar el 20, y en el que se han inscrito ya 18 países. Cada equipo se compone de 3 pescadores submarinos, uno de reserva y un jefe de equipo. En el edificio del Círculo Mercantil e Industrial se han instalado las oficinas del Comité Organizador. El local ha sido habilitado convenientemente para dar cabida a todos los servicios. Están llegando ya a Almería los equipos representantes de los países inscritos, que contenderán en esta máxima competición deportiva subacuática. La zona de pesca está vedada desde hace tres meses y en las últimas visitas efectuadas en aquellos fondos se ha podido comprobar que en las calas del litoral comprendidas entre Cueva de Gata a Las Negras, pasando por los genoveses, Escullos, Loma Pelada, San José, El Playazo y la Polacra, existe tan gran cantidad de peces que muy posiblemente en este Campeonato del Mundo se superarán todas las marcas conocidas hasta la fecha. Almería, en estos campeonatos, está prestando una colaboración que pone de manifiesto su capacidad para organizaciones de este tipo. Aumenta los alicientes que el campeonato ya tiene en sí, el hecho de que coincida con las Ferias y Fiestas de la ciudad en honor de su patrona, la Santísima Virgen del Mar.
También en honor de los participantes se ha confeccionado un atractivo programa de actos entre los que destacan los de tipo folklórico y una fiesta campera donde los submarinistas extranjeros tendrán ocasión de probar suerte en el toreo. La ciudad presenta ya el colorido de la afluencia del turismo extranjero atraído por el campeonato.”
Un documental sobre el IV campeonato mundial de pesca submarina celebrado en Almería entre el 17 y el 20 de agosto de 1961 fue producido por la cadena francesa TELEHACHETTE e increíblemente le quitó con esta noticia el protagonismo al NODO de la época. Ya hubo su polémica al respecto.
“La ciudad entera está en fiestas. Almería se ha soltado el pelo para recibir a los miles de turistas amantes de «el mundo del silencio», que están llegando constantemente para asistir a este gran campeonato mundial de pesca submarina.
El oscilógrafo de los fotómetros salta ante los ojos atónitos de aquellos que no sabían que Almería es la ciudad más luminosa del mundo, después de la lejana Siria de los cuentos orientales. En Almería no hay un hueco donde dormir. Más de cinco mil turistas han invadido su geografía. No hay una calle donde aparcar. Por otro lado, las ferias ya están aquí. Su Patrona es la más marinera Virgen de este cuadrante: Nuestra Señora del Mar. De la montaña y la costa vienen cientos y cientos de gentes
en todos los medios imaginables. El sol está en lo alto, hinchando sus mejillas. Hace ese húmedo calor del puerto. Los coches de caballos pasan ante mi ventana, cargados de turistas de cien nacionalidades. En el «camping» de La Garrofa no hay un centímetro libre para instalar una tienda de campaña. Los turistas han encontrado también la delicada maravilla del ponche: café con coñac en vaso especial, que levanta el ánimo, abrillanta la alegría y restaña la inteligencia. Almería es un pueblo trabajador, noble y
leal, que se gasta cuanto gana. Aquí hay una espléndida clase obrera y una valiente clase media, que llena, en estos días de feria, los bares de la Puerta de Purchena, las heladerías de la avenida del Generalísimo y hasta las antiguas tabernas de la plaza Vieja. Un mundo heterogéneo, tecnicolor, ha llenado de curiosas estampas esta ciudad mediterránea, cenicienta de España, que, de repente, está empezando a salir de su letargo, poco a poco, pero con esfuerzo y con tesón. Y a lanzarla al mundo ayuda este campeonato, al que me ha tocado en suerte asistir en bañador, con gafas de sol y a bordo del barquito «Francisco y José», pescadero y simpático, manejado por unos viejos patrones del mar, vestidos de ese pardo-negro español de los pescadores con luto, nacidos en las calientes riberas de Roquetas de Mar. Los datos del campeonato mundial de pesca submarina impresionan. Tres meses de trabajo agotador hasta poner en marcha la máquina de la empresa. Dieciocho países participantes. Cerca de cien pescadores submarinos. Una flota de barcos en las aguas azules del Cabo de Gata. Seiscientas personas, con tarea definida, dentro de la organización. Servicios de socorro. De información. De alimentación. De orden. Y ayer, a las cinco de la mañana, los autobuses nos habían de llevar, a lo largo de treinta y cinco kilómetros de amanecida, hasta las mismas barbas del mar. Ayer empezaron los campeonatos mundiales, y el periodista, hom bre de secano, viviría, cerca de estos tritones de pulmones poderosos, una de las más inolvidables
jornadas de su vida periodística. El levante había cesado. El aerómetro no daba los locos saltos de la galerna. En la playa, gentes marineras y hasta los morenos perfiles de los salineros expectantes. Miles de personas sobre la playa. Traineras, barcos, falúas, embarcaciones a vela, motoras, yates. La furgoneta de las gentes de Costeau, el apasionante comandante francés de «El mundo del silencio », también estaba presente en el suceso. Magnetofones. Cámaras submarinas. Los misteriosos ojos azules de las fotografías subacuáticas. Los amarillos pulmones de acero. El verde
de los uniformes, junto al automóvil de Costeau, con matrícula de Niza. El comandante no había venido, pero sí sus hombres. Flashes.. Se hablaban cinco idiomas. Los americanos tienen ese aire rubio de los vaqueros de Oklahoma que hemos visto ya en las novelas de Zane Grey. Los yugoslavos, el porte sereno, la espalda ancha y una controlada educación. Formaban un buen equipo. Al frente de ellos venía el responsable, un hombre con la exacta silueta del Trostky de los grandes reportajes, aquel que se recogía la cabeza con una mano afilada de poeta. Los españoles posan ante los fotógrafos. Son unos chicos poderosos. Medio peces, con sonrisa infantil. Tres deportistas natos. Tres sobrinos de Neptuno, el dios de las aguas. Nogueras es grande y fuerte, ya en la línea de los treinta y cinco. Gómiz es balear, más pequeño y, según me han dicho, tiene una barquita en Palma de Mallorca para enseñar a los turistas a conocer el increíble mundo de los peces. Bernardo Martí está en el encuadre de Burt Lancaster: espectacular, con el cabello de oro y un puñal en la pantorrilla. Trajes de goma negra. Escafandras de cristal para los ojos. El tubo azul de la respiración. Las aletas. El cuchillo. El fusil de las profundidades. El reloj submarino y esos anchos pulmones necesarios para la inmersión. Me han dicho que hay quien aguanta hasta dos minutos y dos minutos y medio allá en el fondo con los pulmones como tambores, acechando a los grandes peces medio ciegos que viven en las cuevas mágicas, de las que escribía Casona, en su obra «La sirena varada»: «Y si te vienes, tendremos una casa submarina con un palomar de delfines.» Cabo de Gata. Diez de la mañana. Ya ha sonado la señal de la salida. El barco se pone en marcha. Los patrones afilan la mirada agarrados al timón. De todas formas no es difícil que aparezca el Levante a mediodía. Cada hombre lleva su barca y su remero. Músculos fuertes, al sol. Un pescador, que ha doblado ya cientos de veces el cinturón roquero, me cuenta lo del mero abuelo: «Hay por aquí un mero blanco, que tiene años infinitos y al que no pudimos cazar. Es grande como una ballena y listo como un águila.» Recuerdo la otra historia hermosa, la del mero «Felipe», que murió en aguas del Levante español y vivió largos años, increíblemente, escapado siempre, con dos arpones sobre su piel de hule. Para mí, personalmente, ahora, tendido al sol de la embarcación, el mero es el más delicioso pescado de la historia. Tiene unas gratas tonalidades y unas espléndidas e insospechadas matizaciones para el paladar. Lo he comido, por la noche, asado, con perejil y ajos, casi vivo, encima de un perol de lata, entre los pescadores héroes de esta esquina de España, los hombres que ahora dicen que Dios les ha vuelto la espalda y se les ha llevado el fruto del mar hacia otra rosa de los vientos.
FIN PARTE I
PARTE I
“ ALMERÍA AL SOL” de Tico Medina.
“A todos aquellos que me enseñaron a querer a esta tierra y estas gentes. Y a todos aquellos que me enseñaron también a compadecer que no a odiar, a los parásitos, a los tontos, a los canallas y a los pobres de espíritu”.
Este libro lo compró mi padre por el precio de veinte duros principalmente porque en uno de sus capítulos hablaba del “ Santo de los Periodistas”: Fructuoso Pérez Márquez. Mi padre lo vio como un caso tipo de historia sencilla en muchos aspectos similar a la de su padre y a la vez víctima de la maldita guerra fraticida. Este señor fue durante 19 años director del Periódico almeriense “ La Independencia” que en su día utilicé para recuperar del pasado la historia del ciclón de San Pedro. Ahora aprovechando este libro escrito por el periodista Tico Medina (lo recordarán por el programa 300 millones) recordaremos juntos algunas noticias de la época.
PESCA SUBMARINA
Esto se escribía en el Mundo Deportivo en el mes de agosto de 1961:
“Ante los campeonatos del mundo de pesca submarina. Almería. Siguen con gran intensidad los trabajos preparatorios del IV Campeonato Mundial de Pesca Submarina, que comenzará el día 16 para finalizar el 20, y en el que se han inscrito ya 18 países. Cada equipo se compone de 3 pescadores submarinos, uno de reserva y un jefe de equipo. En el edificio del Círculo Mercantil e Industrial se han instalado las oficinas del Comité Organizador. El local ha sido habilitado convenientemente para dar cabida a todos los servicios. Están llegando ya a Almería los equipos representantes de los países inscritos, que contenderán en esta máxima competición deportiva subacuática. La zona de pesca está vedada desde hace tres meses y en las últimas visitas efectuadas en aquellos fondos se ha podido comprobar que en las calas del litoral comprendidas entre Cueva de Gata a Las Negras, pasando por los genoveses, Escullos, Loma Pelada, San José, El Playazo y la Polacra, existe tan gran cantidad de peces que muy posiblemente en este Campeonato del Mundo se superarán todas las marcas conocidas hasta la fecha. Almería, en estos campeonatos, está prestando una colaboración que pone de manifiesto su capacidad para organizaciones de este tipo. Aumenta los alicientes que el campeonato ya tiene en sí, el hecho de que coincida con las Ferias y Fiestas de la ciudad en honor de su patrona, la Santísima Virgen del Mar.
También en honor de los participantes se ha confeccionado un atractivo programa de actos entre los que destacan los de tipo folklórico y una fiesta campera donde los submarinistas extranjeros tendrán ocasión de probar suerte en el toreo. La ciudad presenta ya el colorido de la afluencia del turismo extranjero atraído por el campeonato.”
Un documental sobre el IV campeonato mundial de pesca submarina celebrado en Almería entre el 17 y el 20 de agosto de 1961 fue producido por la cadena francesa TELEHACHETTE e increíblemente le quitó con esta noticia el protagonismo al NODO de la época. Ya hubo su polémica al respecto.
“La ciudad entera está en fiestas. Almería se ha soltado el pelo para recibir a los miles de turistas amantes de «el mundo del silencio», que están llegando constantemente para asistir a este gran campeonato mundial de pesca submarina.
El oscilógrafo de los fotómetros salta ante los ojos atónitos de aquellos que no sabían que Almería es la ciudad más luminosa del mundo, después de la lejana Siria de los cuentos orientales. En Almería no hay un hueco donde dormir. Más de cinco mil turistas han invadido su geografía. No hay una calle donde aparcar. Por otro lado, las ferias ya están aquí. Su Patrona es la más marinera Virgen de este cuadrante: Nuestra Señora del Mar. De la montaña y la costa vienen cientos y cientos de gentes
en todos los medios imaginables. El sol está en lo alto, hinchando sus mejillas. Hace ese húmedo calor del puerto. Los coches de caballos pasan ante mi ventana, cargados de turistas de cien nacionalidades. En el «camping» de La Garrofa no hay un centímetro libre para instalar una tienda de campaña. Los turistas han encontrado también la delicada maravilla del ponche: café con coñac en vaso especial, que levanta el ánimo, abrillanta la alegría y restaña la inteligencia. Almería es un pueblo trabajador, noble y
leal, que se gasta cuanto gana. Aquí hay una espléndida clase obrera y una valiente clase media, que llena, en estos días de feria, los bares de la Puerta de Purchena, las heladerías de la avenida del Generalísimo y hasta las antiguas tabernas de la plaza Vieja. Un mundo heterogéneo, tecnicolor, ha llenado de curiosas estampas esta ciudad mediterránea, cenicienta de España, que, de repente, está empezando a salir de su letargo, poco a poco, pero con esfuerzo y con tesón. Y a lanzarla al mundo ayuda este campeonato, al que me ha tocado en suerte asistir en bañador, con gafas de sol y a bordo del barquito «Francisco y José», pescadero y simpático, manejado por unos viejos patrones del mar, vestidos de ese pardo-negro español de los pescadores con luto, nacidos en las calientes riberas de Roquetas de Mar. Los datos del campeonato mundial de pesca submarina impresionan. Tres meses de trabajo agotador hasta poner en marcha la máquina de la empresa. Dieciocho países participantes. Cerca de cien pescadores submarinos. Una flota de barcos en las aguas azules del Cabo de Gata. Seiscientas personas, con tarea definida, dentro de la organización. Servicios de socorro. De información. De alimentación. De orden. Y ayer, a las cinco de la mañana, los autobuses nos habían de llevar, a lo largo de treinta y cinco kilómetros de amanecida, hasta las mismas barbas del mar. Ayer empezaron los campeonatos mundiales, y el periodista, hom bre de secano, viviría, cerca de estos tritones de pulmones poderosos, una de las más inolvidables
jornadas de su vida periodística. El levante había cesado. El aerómetro no daba los locos saltos de la galerna. En la playa, gentes marineras y hasta los morenos perfiles de los salineros expectantes. Miles de personas sobre la playa. Traineras, barcos, falúas, embarcaciones a vela, motoras, yates. La furgoneta de las gentes de Costeau, el apasionante comandante francés de «El mundo del silencio », también estaba presente en el suceso. Magnetofones. Cámaras submarinas. Los misteriosos ojos azules de las fotografías subacuáticas. Los amarillos pulmones de acero. El verde
de los uniformes, junto al automóvil de Costeau, con matrícula de Niza. El comandante no había venido, pero sí sus hombres. Flashes.. Se hablaban cinco idiomas. Los americanos tienen ese aire rubio de los vaqueros de Oklahoma que hemos visto ya en las novelas de Zane Grey. Los yugoslavos, el porte sereno, la espalda ancha y una controlada educación. Formaban un buen equipo. Al frente de ellos venía el responsable, un hombre con la exacta silueta del Trostky de los grandes reportajes, aquel que se recogía la cabeza con una mano afilada de poeta. Los españoles posan ante los fotógrafos. Son unos chicos poderosos. Medio peces, con sonrisa infantil. Tres deportistas natos. Tres sobrinos de Neptuno, el dios de las aguas. Nogueras es grande y fuerte, ya en la línea de los treinta y cinco. Gómiz es balear, más pequeño y, según me han dicho, tiene una barquita en Palma de Mallorca para enseñar a los turistas a conocer el increíble mundo de los peces. Bernardo Martí está en el encuadre de Burt Lancaster: espectacular, con el cabello de oro y un puñal en la pantorrilla. Trajes de goma negra. Escafandras de cristal para los ojos. El tubo azul de la respiración. Las aletas. El cuchillo. El fusil de las profundidades. El reloj submarino y esos anchos pulmones necesarios para la inmersión. Me han dicho que hay quien aguanta hasta dos minutos y dos minutos y medio allá en el fondo con los pulmones como tambores, acechando a los grandes peces medio ciegos que viven en las cuevas mágicas, de las que escribía Casona, en su obra «La sirena varada»: «Y si te vienes, tendremos una casa submarina con un palomar de delfines.» Cabo de Gata. Diez de la mañana. Ya ha sonado la señal de la salida. El barco se pone en marcha. Los patrones afilan la mirada agarrados al timón. De todas formas no es difícil que aparezca el Levante a mediodía. Cada hombre lleva su barca y su remero. Músculos fuertes, al sol. Un pescador, que ha doblado ya cientos de veces el cinturón roquero, me cuenta lo del mero abuelo: «Hay por aquí un mero blanco, que tiene años infinitos y al que no pudimos cazar. Es grande como una ballena y listo como un águila.» Recuerdo la otra historia hermosa, la del mero «Felipe», que murió en aguas del Levante español y vivió largos años, increíblemente, escapado siempre, con dos arpones sobre su piel de hule. Para mí, personalmente, ahora, tendido al sol de la embarcación, el mero es el más delicioso pescado de la historia. Tiene unas gratas tonalidades y unas espléndidas e insospechadas matizaciones para el paladar. Lo he comido, por la noche, asado, con perejil y ajos, casi vivo, encima de un perol de lata, entre los pescadores héroes de esta esquina de España, los hombres que ahora dicen que Dios les ha vuelto la espalda y se les ha llevado el fruto del mar hacia otra rosa de los vientos.
FIN PARTE I
PESCA SUBMARINA
PARTE II
"Los italianos gritan cuando tienen un pez en la punta de su fusil ametrallador. Gritzm como en las películas de De Sicca: «Per la Madonna!» Los brasileños son los más serios enemigos. El campeón mundial del año pasado va con ellos. La fuerza de su fusil es tremenda.
Es capaz de atravesar una guía de teléfonos de Madrid, actual, a dos metros de distancia. Sin embargo, los españoles hablan con verbo encendido de Nogueras, un grabador de Barcelona, que parece un cíclope y que puede bajar hasta los veinte metros sin que los martillazos submarinos le aporreen la delgada piel de los tímpanos. Los griegos van en silencio. Tienen los ojos con estrellitas de mar. Los finlandeses han traído una carta marina, en la que se les detallan las corrientes, las profundidades, las temperaturas, las aguas y hasta el banco de peces de este litoral espléndido. Los franceses conocen bien este mundo y llevan un equipo impresionante. Los ingleses parecen vikingos.
Chorrean las fieras barbas de un caballero normando. Ondean las banderolas de Mónaco y Portugal. Se agitan al aire los gorrillos de tela roja de los atletas marroquíes. La isla de Malta está grabada en los jerseys blancos de los participantes que la representan. Los suecos salen y entran en el agua con cierto aire de blancas focas de circo, lanzando fuertes chorros de agua. Suizos, turcos, australianos.... A lo largo de una faja costera de quince kilómetros los hombres se van sumergiendo. Pasarán a las profundas cuevas submarinas. Los meros iniciarán la retirada. A veces se veía la estela larga y dramática del disparo del fusil camino del blanco. El mero recibe la herida. Se va a esconderse entre las rocas, manchando el agua de sangre. Se pega a las piedras de forma desesperada, «que ni un tractor es capaz a veces de arrancarlo de su última morada».
Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis horas al sol. El barco va y viene. Se balancea. Un viejo rema en el bote. Un niñito va recogiendo el fruto ensangrentado de la competición. Recuerdo a Hemingway. Vigila la historia desde la guapa playa de San José el buque «Martín Alonso Pinzón», de la Marina de guerra española. Seis horas de competición. Se levanta el campo. Los submarinistas van subiendo a sus embarcaciones.
Respirando hondo otra vez. Orgullosos de sus trofeos. Los fusiles tienen el arpón rojo. Chapotean las aletas de goma sobre las maderas de los botes. En la retirada hay,
sin embargo, algo dramático. Una pequeña embarcación, como la nuestra, se ha ido a pique. Ha embarrancado en un terreno arenoso, junto a una playa salvaje. Todavía se lee el bautismo: «El Firmamento». Unos hombres trabajan en cubierta con el agua hasta la cintura, sacando alguna cosa de la bodeguilla. Los pescadores gritan: « ¡No os acerquéis. Dejadlo. Ya no hay remedio. Esto es terreno arenoso y podéis encallar vosotros!»
«El Firmamento» se hunde lentamente. La agonía del barco es angustiosa. Tiene algo de la muerte de un león herido. Una honda tristeza. El Levante, que ha enderezado las olas,
sube y baja por el palo mayor del barquito. Va desapareciendo de costado. ¡Con qué dolor! « ¡Máquina! Damos la vuelta.» Volvemos. El barco está muriéndose ahora
mismo. A las cuatro en punto de la tarde. Los Patrones del «Francisco y José» se quitan la boina en la proa y en la popa. Hemos visto morir a un barco.
Sin embargo, el contrapunto está cerca. Cerca está la alegría del éxito. En la playa de San José ya se perfilan los nombres vencedores, Desde luego, España. Luego, al pesarles en el Club del Mar, se destacaría el nombre de un español. Ese muchacho rubio de las grandes espaldas que lleva a las inglesas en su barca por calas fantásticas de Mallorca. Ahora lleva junto a sí la pieza más hermosa: un monstruo de 22 kilos, con una gran herida en la húmeda proa de la cabeza. Juan Gomis había pasado en su entorchado balear a la gloria nacional hoy mismo. En la báscula serían luego los plácemes y los abrazos. Había conquistado el más grande pez, y con él, la mayor pesca; en total, 121 kilos en sólo seis horas de trabajo. España, así, junto a Nogueras, que se clasificó el tercero, con 81 kilos, y Martí, el cuarto, con 65, ganaba por equipos también. Había tenido que hundirse hasta la increíble profundidad de 20 metros para conseguirlo. Allí la corriente era fuerte. Pero el pulso, sereno, y la voluntad, más grande todavía.
Gomis cree que ganarán los españoles. Bueno, cree que ganaremos. Gomis mira la verdosa y fantasmagórica iluminación de La Alcazaba, que da sombra a La Chanca. Esa noche comerán mero todos los pobres, los lisiados, los niños y los viejos de Almería.
Como estaba previsto, Almería ha permanecido en fiestas. Vendedores de cocos, de colonias, de chufa, de juguetes, de helados, de nardos, han invadido las calles de la ciudad del sol. Y esta mañana, al compás del festivo pregón, los hombres del campeonato mundial, más morenos, vestidos con sus emblemas y sus chaquetas deportivas, paseando algunos su sonrisa, y otros, por qué no, su tristeza.
Porque España, como estaba previsto, ha ganado la prueba, individual y colectivamente.
Nuestros muchachos han sacado de las profundidades submarinas al alto rascacielos de la fama el trofeo mundial. Y más de tres mil kilos del león del mar han emergido también a la superficie con el arponazo del blanco en el lomo. Ayer también fue un gran día. La diana sonó para todos a la misma hora: a la madrugada. Habríamos de salir de la playa de Las Negras, que es ancha, verde y calcinada. Nos vigilaba desde la torre el faro Gandolfo, con su nombre de rey visigodo y sus poderosos lentes marineros. Los formidables farallones del cabo despedían los destellos del granate, puestos al sol. Dicen que aquí, bajo estas rocas con vetas profundas de hierro, late el corazón de un volcán que en su día escupió lava submarina. Nogueras está deseoso de lanzarse al agua. Martí está triste. El atleta dorado del puñal en la pantorrilla anda preocupado. A lo largo, todos los dedos le señalaban, antes de subir al bote, como el campeón mundial definitivo. El pequeño Gomis, en su esquina, tímido siempre, preparaba sus arreos. Ninguno hablaba. Hoy pescaríamos frente a las torres metálicas de las minas de oro de Rodalquilar. Hemos dejado atrás la playa de los Genoveses, donde en su día, según cuentan las viejas historias de corsarios, se escondían los piratas dueños de estas costas. Sus barcos de altas velas entraban por la cueva grande hasta el corazón de la sierra, donde un lago misterioso y tranquilo les deparaba mejor tiempo para la huida. Los controles meteorológicos decían «marejadilla». La mar estaba rizada. Las olas barrían, de cuando en cuando, la cubierta. Una leve brisa en la mejilla. Diez kilómetros de costa había previstos para el ataque. Un silencio profundo envolvía las operaciones. Hoy había mucha más emoción en todos y cada uno de los participantes. Se habían hecho quinielas, apuestas, en las que se habían cruzado algunas cantidades
de dinero entre los miembros acompañantes de los equipos. Yo llevaba allí en mi barca, no sé por qué, tan ajeno como soy a los juegos de azar, el presentimiento de que España sería ganadora. Tal vez me movía a ello la sencillez de sus tritones, de escasa espectacularidad. La pesca empezó abundante. En algunos momentos las fuertes corrientes marinas hacían emerger a los submarinistas con un leve tiritón de labios. Nogueras había conseguido el primer mero. Espectacular. El bicho tenía por encima de los veinte kilos. Dos curitas jóvenes, que han sido los primeros escafandristas españoles y que viajaban en la lancha de Sanidad—al fin y al cabo ellos se ocupan de la salud del alma—, habían bajado hasta el fondo de unas cuevas, donde habían recogido pequeños peces oscuros con las manos, a puñados."
FIN PARTE II
PARTE II
"Los italianos gritan cuando tienen un pez en la punta de su fusil ametrallador. Gritzm como en las películas de De Sicca: «Per la Madonna!» Los brasileños son los más serios enemigos. El campeón mundial del año pasado va con ellos. La fuerza de su fusil es tremenda.
Es capaz de atravesar una guía de teléfonos de Madrid, actual, a dos metros de distancia. Sin embargo, los españoles hablan con verbo encendido de Nogueras, un grabador de Barcelona, que parece un cíclope y que puede bajar hasta los veinte metros sin que los martillazos submarinos le aporreen la delgada piel de los tímpanos. Los griegos van en silencio. Tienen los ojos con estrellitas de mar. Los finlandeses han traído una carta marina, en la que se les detallan las corrientes, las profundidades, las temperaturas, las aguas y hasta el banco de peces de este litoral espléndido. Los franceses conocen bien este mundo y llevan un equipo impresionante. Los ingleses parecen vikingos.
Chorrean las fieras barbas de un caballero normando. Ondean las banderolas de Mónaco y Portugal. Se agitan al aire los gorrillos de tela roja de los atletas marroquíes. La isla de Malta está grabada en los jerseys blancos de los participantes que la representan. Los suecos salen y entran en el agua con cierto aire de blancas focas de circo, lanzando fuertes chorros de agua. Suizos, turcos, australianos.... A lo largo de una faja costera de quince kilómetros los hombres se van sumergiendo. Pasarán a las profundas cuevas submarinas. Los meros iniciarán la retirada. A veces se veía la estela larga y dramática del disparo del fusil camino del blanco. El mero recibe la herida. Se va a esconderse entre las rocas, manchando el agua de sangre. Se pega a las piedras de forma desesperada, «que ni un tractor es capaz a veces de arrancarlo de su última morada».
Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis horas al sol. El barco va y viene. Se balancea. Un viejo rema en el bote. Un niñito va recogiendo el fruto ensangrentado de la competición. Recuerdo a Hemingway. Vigila la historia desde la guapa playa de San José el buque «Martín Alonso Pinzón», de la Marina de guerra española. Seis horas de competición. Se levanta el campo. Los submarinistas van subiendo a sus embarcaciones.
Respirando hondo otra vez. Orgullosos de sus trofeos. Los fusiles tienen el arpón rojo. Chapotean las aletas de goma sobre las maderas de los botes. En la retirada hay,
sin embargo, algo dramático. Una pequeña embarcación, como la nuestra, se ha ido a pique. Ha embarrancado en un terreno arenoso, junto a una playa salvaje. Todavía se lee el bautismo: «El Firmamento». Unos hombres trabajan en cubierta con el agua hasta la cintura, sacando alguna cosa de la bodeguilla. Los pescadores gritan: « ¡No os acerquéis. Dejadlo. Ya no hay remedio. Esto es terreno arenoso y podéis encallar vosotros!»
«El Firmamento» se hunde lentamente. La agonía del barco es angustiosa. Tiene algo de la muerte de un león herido. Una honda tristeza. El Levante, que ha enderezado las olas,
sube y baja por el palo mayor del barquito. Va desapareciendo de costado. ¡Con qué dolor! « ¡Máquina! Damos la vuelta.» Volvemos. El barco está muriéndose ahora
mismo. A las cuatro en punto de la tarde. Los Patrones del «Francisco y José» se quitan la boina en la proa y en la popa. Hemos visto morir a un barco.
Sin embargo, el contrapunto está cerca. Cerca está la alegría del éxito. En la playa de San José ya se perfilan los nombres vencedores, Desde luego, España. Luego, al pesarles en el Club del Mar, se destacaría el nombre de un español. Ese muchacho rubio de las grandes espaldas que lleva a las inglesas en su barca por calas fantásticas de Mallorca. Ahora lleva junto a sí la pieza más hermosa: un monstruo de 22 kilos, con una gran herida en la húmeda proa de la cabeza. Juan Gomis había pasado en su entorchado balear a la gloria nacional hoy mismo. En la báscula serían luego los plácemes y los abrazos. Había conquistado el más grande pez, y con él, la mayor pesca; en total, 121 kilos en sólo seis horas de trabajo. España, así, junto a Nogueras, que se clasificó el tercero, con 81 kilos, y Martí, el cuarto, con 65, ganaba por equipos también. Había tenido que hundirse hasta la increíble profundidad de 20 metros para conseguirlo. Allí la corriente era fuerte. Pero el pulso, sereno, y la voluntad, más grande todavía.
Gomis cree que ganarán los españoles. Bueno, cree que ganaremos. Gomis mira la verdosa y fantasmagórica iluminación de La Alcazaba, que da sombra a La Chanca. Esa noche comerán mero todos los pobres, los lisiados, los niños y los viejos de Almería.
Como estaba previsto, Almería ha permanecido en fiestas. Vendedores de cocos, de colonias, de chufa, de juguetes, de helados, de nardos, han invadido las calles de la ciudad del sol. Y esta mañana, al compás del festivo pregón, los hombres del campeonato mundial, más morenos, vestidos con sus emblemas y sus chaquetas deportivas, paseando algunos su sonrisa, y otros, por qué no, su tristeza.
Porque España, como estaba previsto, ha ganado la prueba, individual y colectivamente.
Nuestros muchachos han sacado de las profundidades submarinas al alto rascacielos de la fama el trofeo mundial. Y más de tres mil kilos del león del mar han emergido también a la superficie con el arponazo del blanco en el lomo. Ayer también fue un gran día. La diana sonó para todos a la misma hora: a la madrugada. Habríamos de salir de la playa de Las Negras, que es ancha, verde y calcinada. Nos vigilaba desde la torre el faro Gandolfo, con su nombre de rey visigodo y sus poderosos lentes marineros. Los formidables farallones del cabo despedían los destellos del granate, puestos al sol. Dicen que aquí, bajo estas rocas con vetas profundas de hierro, late el corazón de un volcán que en su día escupió lava submarina. Nogueras está deseoso de lanzarse al agua. Martí está triste. El atleta dorado del puñal en la pantorrilla anda preocupado. A lo largo, todos los dedos le señalaban, antes de subir al bote, como el campeón mundial definitivo. El pequeño Gomis, en su esquina, tímido siempre, preparaba sus arreos. Ninguno hablaba. Hoy pescaríamos frente a las torres metálicas de las minas de oro de Rodalquilar. Hemos dejado atrás la playa de los Genoveses, donde en su día, según cuentan las viejas historias de corsarios, se escondían los piratas dueños de estas costas. Sus barcos de altas velas entraban por la cueva grande hasta el corazón de la sierra, donde un lago misterioso y tranquilo les deparaba mejor tiempo para la huida. Los controles meteorológicos decían «marejadilla». La mar estaba rizada. Las olas barrían, de cuando en cuando, la cubierta. Una leve brisa en la mejilla. Diez kilómetros de costa había previstos para el ataque. Un silencio profundo envolvía las operaciones. Hoy había mucha más emoción en todos y cada uno de los participantes. Se habían hecho quinielas, apuestas, en las que se habían cruzado algunas cantidades
de dinero entre los miembros acompañantes de los equipos. Yo llevaba allí en mi barca, no sé por qué, tan ajeno como soy a los juegos de azar, el presentimiento de que España sería ganadora. Tal vez me movía a ello la sencillez de sus tritones, de escasa espectacularidad. La pesca empezó abundante. En algunos momentos las fuertes corrientes marinas hacían emerger a los submarinistas con un leve tiritón de labios. Nogueras había conseguido el primer mero. Espectacular. El bicho tenía por encima de los veinte kilos. Dos curitas jóvenes, que han sido los primeros escafandristas españoles y que viajaban en la lancha de Sanidad—al fin y al cabo ellos se ocupan de la salud del alma—, habían bajado hasta el fondo de unas cuevas, donde habían recogido pequeños peces oscuros con las manos, a puñados."
FIN PARTE II