Los ecologistas alertan del 'deficiente estado' de los rios madrileños.
Por eso todo el mundo sigue llorando cuando una cebolla nos abre su corazón.
Y así será hasta el fin del mundo...
El sabio se echó a llorar. Y cuando la gente lo vio llorando, pensó que llorar ante las cebollas era propio de personas muy inteligentes.
Algunas cebollas tenían hasta diez capas, y ya ni se acordaban de porqué se pusieron las primeras capas.
Y ellas iban respondiendo:
-Me obligaron a ser así...
-Me fueron poniendo capas... incluso yo me puse algunas para que no me dijeran nada.
- ¿Por qué no eres por fuera como eres por dentro?
Pasó entonces por allí un sabio, que gustaba sentarse a la sombra del huerto y sabía tanto que entendía el lenguaje de las cebollas, y empezó a preguntarles una por una:
Hasta que empezaron a convertirse en unas cebollas de lo más vulgar.
Total, que las bellísimas cebollas tuvieron que empezar a esconder su piedra preciosa e íntima con capas y mas capas, cada vez más oscuras y feas, para disimular como eran por dentro.
Pero por una incomprensible razón, se empezó a decir que aquello era peligroso, intolerable, inadecuado y hasta vergonzoso.
Esta tenia un topacio, la otra un aguamarina, aquella lapizlázuli, la de más allá una esmeralda...
¡Una verdadera maravilla!
Después de sesudas investigaciones sobre la causa de aquel misterioso resplandor, resultó que cada cebolla tenia dentro, en el mismo corazón (porque también las cebollas tienen su propio corazón), una piedra preciosa.
El caso es que los colores eran irisados, deslumbradores, centelleantes, como el color de una sonrisa o el color de un bonito recuerdo.
Cada una tenía un color diferente: rojo, amarillo, naranja, morado...
Pero de pronto, un buen día, empezaron a nacer unas cebollas muy especiales.
Como todos los huertos, tenia mucha frescura y agrado, por eso daba gusto sentarse a la sombra de cualquier árbol a contemplar todo aquel verdor y a escuchar el canto de los pájaros.