Entonces, soñó que la estatua cobraba vida:
«Pigmalión se dirigió a la estatua y, al tocarla, le pareció que estaba caliente, que el marfil se ablandaba y que, deponiendo su dureza, cedía a los dedos suavemente, como la cera del monte Himeto se ablanda a los rayos del sol y se deja manejar con los dedos, tomando varias figuras y haciéndose más dócil y blanda con el manejo. Al verlo, Pigmalión se llena de un gran gozo mezclado de temor, creyendo que se engañaba. Volvió a tocar la estatua otra vez,
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De esa forma, Galatea se transformó en una mujer real.
Pigmalión
Desprecié a la mujer, fui intolerante
De su actitud ingrata y presumida,
Y decidí vivir solo mi vida
Sin compartir su espíritu ignorante.
De mi cincel surgió, bella y radiante,
Una doncella en el marfil dormida,
Despertando en el alma estremecida
La fiebre y los deseos del amante.
Mis manos la crearon tan hermosa
Que en mi mente no fue ya una escultura,
Sino obsesión intensa y luminosa.
Ante los dioses traje mi amargura,
Rogando me la dieran por esposa,
Y al punto cobró vida su figura.
(Francisco Alvarez Hidalgo)
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