Buenos días.
CENTELLAS.- ¡Voto va a Dios! ¡Ya comprendo
lo que pretendéis!
DON JUAN.- Pretendo
que me deis una razón
de lo que ha pasado aquí,
señores, o juro a Dios
que os haré ver a los dos
que no hay quien me burle a mí.
CENTELLAS.- Pues ya que os formalizáis,
Don Juan, sabed que sospecho
que vos la burla habéis hecho
de nosotros.
DON JUAN.- ¡Me insultáis!...
CENTELLAS.- No, ¡por Dios! Mas si cerrado
seguís en que aquí han venido
fantasmas, lo sucedido
oíd cómo me he explicado.
Yo he perdido aquí del todo
los sentidos, sin exceso
de ninguna especie y eso
lo entiendo yo de este modo.
DON JUAN.- A ver. Decídmelo, pues.
CENTELLAS.- Vos habéis compuesto el vino
para encajarnos después
semejante desatino.
DON JUAN.- ¡Centellas!...
CENTELLAS.- Vuestro valor
al extremo por mostrar,
convidasteis a cenar
con vos al Comendador.
Y para poder decir
que a vuestro convite exótico
asistió, con un narcótico
nos habéis hecho dormir.
Si es broma, puede pasar;
mas a ese extremo llevada,
ni puede probarnos nada,
no os la hemos de tolerar.
AVELLANEDA.- Soy de la misma opinión.
DON JUAN.- ¡Mentís!
CENTELLAS.- Vos.
DON JUAN.- Vos capitán.
CENTELLAS.- Esa palabra, Don Juan…
DON JUAN.- La he dicho de corazón.
Mentís. No son mis bríos
menester falsos portentos,
porque tienen nmis alientos
su mejor prueba en ser míos.
AVELLANEDA Y CENTELLAS.- Veamos.
Ponen mano a las espadas.
DON JUAN.- Poned tasa
vuestra furia, y vamos fuera;
no piense después cualquiera
que os asesiné en mi casa.
AVELLANEDA.- Decís bien…Mas somos dos.
CENTELLAS.- Reñiremos, si os fiáis,
el uno del otro en pos.
DON JUAN.- O los dos. Como queráis.
CENTELLAS.- ¡Villano fuera, por Dios!
elegid uno, Don Juan,
por primero.
DON JUAN.- Sedlo vos.
CENTELLAS.- Vamos.
DON JUAN.- Vamos, capitán.
FIN DEL ACTO SEGUNDO.
ACTO TERCERO
Misericordia de Dios y apoteosis del amor.
Panteón de la familia Tenorio. Como estaba en el acto primero de la segunda parte, menos las estatuas de Doña Inés y de Don Gonzalo, que no están en su lugar.
ESCENA PRIMERA
Don Juan, embozado y distraído, entra en la escena lentamente.
DON JUAN.- Culpa mía no fue; delirio insano
me enajenó la mente acalorada.
Necesitaba víctimas mi mano
que inmolar a mi fe desesperada,
y al verlos en mitad de mi camino,
presa los hice allí de mi locura.
¡No fui yo, vive Dios! ¡Fue su destino!
sabían mi destreza y mi ventura.
¡Oh! Arrebatado el corazón me siento
por vértigo infernal…Mi alma, perdida,
va cruzando el desierto de la vida
cual hoja seca que arrebata el viento.
Dudo…, temo…, vacilo…En mi cabeza
siento arder un volcán… Muevo la planta
sin voluntad, y humilla mi grandeza
un no sé qué de grande que me espanta.
Un momento de pausa.
¡Jamás mi orgullo concibió que hubiere
nada más que el valor…! Que se aniquila
el alma con el cuerpo cuando muere,
creí…, mas hoy mi corazón vacila.
¡Jamás creí en fantasmas…! ¡Desvaríos!
mas el fantasma aquel, pese a mi aliento,
los pies de piedra caminando siento,
por doquiera que voy, tras de los míos.
¡Oh! Y me trae a este sitio, irresistible,
misterioso poder…
Levanta la cabeza y ve que no está en su pedestal la estatua de Don Gonzalo.
Pero, ¡qué veo!
¡Falta de allí su estatua…! Sueño horrible,
déjame de una vez…! No, no te creo!
Sal; huye de mi mente fascinada,
fatídica ilusión… Estás en vano
con pueriles asombros empeñada
en agotar mi aliento sobrehumano.
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