Las cosas claras y chocolate espeso: Cuando desde América, el monje español fray Aguilar envió las primeras muestras de la planta de cacao a sus colegas de congregación al Monasterio de Piedra, para que la dieran a conocer, al principio no gustó, a causa de su sabor amargo, por lo que fue utilizado exclusivamente con fines medicinales. Posteriormente, cuando a unas monjas del convento de Guajaca se les ocurrió agregarle azúcar al preparado de cacao, ese nuevo producto causó furor, primero en España y luego en toda Europa. En esos tiempos, mientras la Iglesia se debatía sobre si esa bebida rompía o no el ayuno pascual, el pueblo discutía acerca de cuál era la mejor forma de tomarlo: espeso o claro. Para algunos, el chocolate se debía beber muy cargado de cacao, por lo que preferían el chocolate espeso, o sea, "a la española"; para otros, el gusto se inclinaba por la forma "a la francesa", esto es, más claro y diluido en leche. Los ganadores, finalmente, fueron los que se inclinaron por el chocolate cargado, por lo que la expresión las cosas claras y chocolate espeso se popularizó en el sentido de llamar a las cosas por su nombre. Entre nosotros, circulaba hace algunos años la variante las "cuentas" claras y el chocolate espeso, usada en relación con las deudas (sobre todo de dinero) que suelen mantener las personas.
Las cuentas del Gran Capitán: Indudablemente, el rey Fernando, el Católico, fue un monarca que, junto con su esposa Isabel, sentó las bases de la grandeza de España. Cuentan los cronistas de la época que, además de sus dotes de político eminente, el rey tenía cierta recelosa inclinación por el control de los gastos. Así, una vez le pidió a don Gonzalo Fernández de Córdoba, llamado el Gran Capitán, las cuentas detalladas de los gastos durante las victoriosas campañas de Italia que culminaron con la conquista del reino de Nápoles. Don Gonzalo, dueño de un gran sentido del humor pero al mismo tiempo, molesto por lo que consideraba una mezquindad después de haber conquistado un reino para su soberano, respondió al rey con las famosas "cuentas", exorbitantes e irónicas, que la leyenda se encargó de magnificar, en la que figuraban conceptos tan variados como extraños. De manera que, una vez llegado al país, don Gonzalo se encargó de confeccionar una lista semejante a esta: Por picos, palas y azadones, cien millones de ducados... por limosnas para que frailes y monjas rezasen por los españoles, ciento cincuenta mil ducados... por guantes perfumados para que los soldados no oliesen el hedor de la batalla, doscientos millones de ducados... por reponer las campanas averiadas a causa del continuo repicar a victoria, ciento setenta mil ducados... y, finalmente, por la paciencia de tener que descender a estas pequeñeces del rey a quien he regalado un reino, cien millones de ducados... Ciertas o no, estas cuentas del Gran Capitán corrieron de boca en boca y llegaron a nuestros días como expresión irónica de toda justificación de gastos desorbitados, incoherentes y arbitrarios.
Las desgracias nunca vienen solas: Justifica la seguidilla de inconvenientes sufridos por una persona, como si el destino se hubiera ensañado con ella.
Las palabras se las lleva el viento: Proverbio que se basa en el concepto de que lo único seguro es lo que está escrito aplicado sobre todo a contratos y promesas de trabajo o algún tipo de bienes, dando a entender que lo que simplemente se promete por medio de las palabras puede no ser cumplido después.
Las paredes oyen: Es un modismo que procede de Francia, del tiempo de las persecuciones contra los hugonotes que culminó en la histórica "Noche de San Bartolomé" o "Noche de los cuchillos largos", episodio sangriento de las luchas religiosas que asolaron Francia en la segunda mitad del siglo XVI. El hecho fue promovido por Catalina de Médicis y el duque de Guisa quienes instigaron a los católicos a llevar a cabo una matanza de hugonotes (seguidores de Calvino), la noche del 24 de agosto de 1572. Según algunos historiadores, en aquellos tiempo, la reina Catalina de Médicis mandó construir, en las paredes de sus palacios, conductos acústicos secretos que permitieran oír lo que se hablaba en las distintas habitaciones, para así poder controlar cualquier conspiración en su contra. La frase las paredes oyen, con el tiempo, pasó a ser utilizada como señal de advertencia acerca de lo que se dice en determinado momento y lugar.
Las ratas son las primeras en abandonar el barco: Es una frase que expresa la realidad: cuando un barco zozobra, son las ratas las primeras que se arrojan al agua. Por eso, el proverbio, trasladado a la vida práctica, se aplica a las personas de bajos sentimientos que huyen ante la primera dificultad y no se enfrentan con el peligro y abandonan a quien deberían acompañar en momentos difíciles.
Le das la mano y se toma el brazo: Frase crítica que se aplica a la persona que comete exceso de confianza, sobrepasando los límites impuestos por el buen gusto y la discreción.
Leer entre líneas: Saber interpretar lo que se dice, aun cuando no esté explícitamente dicho en el texto. La expresión también suele usarse en referencia a lo que se manifiesta en forma oral.
Levantar cabeza: Recobrarse o reestablecerse luego de una enfermedad o de haber pasado un momento económico difícil. Salir de la pobreza.
Ley draconiana: Esta expresión se aplica a las leyes o circunstancias excesivamente severas. Su origen se encuentra en las leyes de Dracón, primer legislador ateniense que vivió a finales del siglo VIII a. de C.
Dracón, célebre por la crueldad de sus leyes, recibió el encargo del emperador de Grecia de redactar el código criminal ya entonces vigente sólo por la tradición. Es pues de suponer que la crueldad de Dracón, más que personal, fuera el fiel reflejo de la época bárbara e inhumana que le tocó vivir. La legislación draconiana castigaba casi todos los delitos con la pena de muerte. Popularmente se decía que las leyes de este legislador no estaban escritas con tinta, sino con sangre.
Liar los bártulos: Este modismo, que hace referencia a los preparativos necesarios para emprender un viaje, una mudanza u otra empresa, nace en la figura de Bártolo Sasso-Ferrato (1314-1357), jurisconsulto italiano y consejero del emperador Carlos IV. Sus obras, comprendidas en 13 volúmenes, sirvieron de base de estudio, durante 3 siglos, a los estudiantes de toda Europa.
Los estudiantes de Derecho de la Universidad de Salamanca tomaban sus notas de la obra del ilustre tratadista, y una vez concluida la clase, ataban los apuntes por medio de cintas o correas. Al conjunto de estas notas se la conocía familiarmente como bártulos. De aquí que en el argot estudiantil la tarea de reagruparlos y atarlos una vez utilizados viniera a llamarse liar los bártulos.
Lágrimas de cocodrilo: Por motivos que se ignoran o quizá porque la imagen del reptil ha estado siempre ligada a hechos misteriosos, muchas son las leyendas que se cuentan acerca de la conducta del cocodrilo, algunas de ellas relacionadas con su actitud ante sus presas. Desde tiempos remotos, se sostenía que el saurio, para atraer a sus víctimas emitía un extraño e insinuante gemido. Otros autores añadían que, una vez devorada la presa, el temible reptil lloraba sobre los despojos de su comida, quizás afligido porque el festín hubiese terminado tan de prisa y no falta quien asegura que suele comerse a sus propias crías, desconociendo en este caso que la hembra acomoda a los más pequeños dentro de sus fauces para llevarlos al río, donde luego los suelta para que comiencen a nadar por sus propios medios. Asimismo, se sabe que las famosas lágrimas de cocodrilo son una secreción acuosa que mantiene húmedos los ojos del animal, fuera del agua, pero no tienen nada que ver con el llanto, debido a que las glándulas salivales y las lacrimales de este animal están situadas muy cerca unas de las otras y por eso, se estimulan constantemente, lo que hace que al animal mientras llore mientras come. Todo esto, sumado a la fantasía popular sirvió para dar origen a la expresión lágrimas de cocodrilo, con la que se alude al dolor fingido de alguien ante cualquier suceso desgraciado, dolor que no es tomado en serio por ninguna de las personas que lo contemplan.
Llámale hache no saber ni jota: Hemos reunido dos dichos en una explicación, debido a que ambos tienen relación con letras de nuestro alfabeto. Hasta el siglo XVI, la letra "h" en nuestro idioma, tenía un valor fricativo laríngeo y se la pronunciaba casi como una jota, lo que hoy solemos decir una "hache aspirada". Pero, al hacerse átona por pérdida de ese sonido, cayó en menosprecio de la gente sencilla, de donde, como consecuencia nació el modismo llámale hache, como equivalente en el lenguaje familiar de es lo mismo, da lo mismo una cosa que otra, o sea, que da igual la presencia o ausencia de la letra hache. Entre nosotros, se la usa como expresión de justificación similar a la que dio origen al dicho. La letra "j" proviene de las lenguas primitivas del Medio Oriente, como el hebreo, el caldeo y el siríaco, y era la más pequeña de esos alfabetos, por lo que su nombre llegó hasta nosotros como equivalente de cosa pequeña o insignificante. En la escritura hebrea, por otra parte, la iod -o sea, la jota- participaba como rasgo inicial de todas las demás letras. De ahí que el modismo no saber ni jota alude a la extrema ignorancia de alguien en una cosa determinada y así es como lo utilizamos en la actualidad.
Las cuentas del Gran Capitán: Indudablemente, el rey Fernando, el Católico, fue un monarca que, junto con su esposa Isabel, sentó las bases de la grandeza de España. Cuentan los cronistas de la época que, además de sus dotes de político eminente, el rey tenía cierta recelosa inclinación por el control de los gastos. Así, una vez le pidió a don Gonzalo Fernández de Córdoba, llamado el Gran Capitán, las cuentas detalladas de los gastos durante las victoriosas campañas de Italia que culminaron con la conquista del reino de Nápoles. Don Gonzalo, dueño de un gran sentido del humor pero al mismo tiempo, molesto por lo que consideraba una mezquindad después de haber conquistado un reino para su soberano, respondió al rey con las famosas "cuentas", exorbitantes e irónicas, que la leyenda se encargó de magnificar, en la que figuraban conceptos tan variados como extraños. De manera que, una vez llegado al país, don Gonzalo se encargó de confeccionar una lista semejante a esta: Por picos, palas y azadones, cien millones de ducados... por limosnas para que frailes y monjas rezasen por los españoles, ciento cincuenta mil ducados... por guantes perfumados para que los soldados no oliesen el hedor de la batalla, doscientos millones de ducados... por reponer las campanas averiadas a causa del continuo repicar a victoria, ciento setenta mil ducados... y, finalmente, por la paciencia de tener que descender a estas pequeñeces del rey a quien he regalado un reino, cien millones de ducados... Ciertas o no, estas cuentas del Gran Capitán corrieron de boca en boca y llegaron a nuestros días como expresión irónica de toda justificación de gastos desorbitados, incoherentes y arbitrarios.
Las desgracias nunca vienen solas: Justifica la seguidilla de inconvenientes sufridos por una persona, como si el destino se hubiera ensañado con ella.
Las palabras se las lleva el viento: Proverbio que se basa en el concepto de que lo único seguro es lo que está escrito aplicado sobre todo a contratos y promesas de trabajo o algún tipo de bienes, dando a entender que lo que simplemente se promete por medio de las palabras puede no ser cumplido después.
Las paredes oyen: Es un modismo que procede de Francia, del tiempo de las persecuciones contra los hugonotes que culminó en la histórica "Noche de San Bartolomé" o "Noche de los cuchillos largos", episodio sangriento de las luchas religiosas que asolaron Francia en la segunda mitad del siglo XVI. El hecho fue promovido por Catalina de Médicis y el duque de Guisa quienes instigaron a los católicos a llevar a cabo una matanza de hugonotes (seguidores de Calvino), la noche del 24 de agosto de 1572. Según algunos historiadores, en aquellos tiempo, la reina Catalina de Médicis mandó construir, en las paredes de sus palacios, conductos acústicos secretos que permitieran oír lo que se hablaba en las distintas habitaciones, para así poder controlar cualquier conspiración en su contra. La frase las paredes oyen, con el tiempo, pasó a ser utilizada como señal de advertencia acerca de lo que se dice en determinado momento y lugar.
Las ratas son las primeras en abandonar el barco: Es una frase que expresa la realidad: cuando un barco zozobra, son las ratas las primeras que se arrojan al agua. Por eso, el proverbio, trasladado a la vida práctica, se aplica a las personas de bajos sentimientos que huyen ante la primera dificultad y no se enfrentan con el peligro y abandonan a quien deberían acompañar en momentos difíciles.
Le das la mano y se toma el brazo: Frase crítica que se aplica a la persona que comete exceso de confianza, sobrepasando los límites impuestos por el buen gusto y la discreción.
Leer entre líneas: Saber interpretar lo que se dice, aun cuando no esté explícitamente dicho en el texto. La expresión también suele usarse en referencia a lo que se manifiesta en forma oral.
Levantar cabeza: Recobrarse o reestablecerse luego de una enfermedad o de haber pasado un momento económico difícil. Salir de la pobreza.
Ley draconiana: Esta expresión se aplica a las leyes o circunstancias excesivamente severas. Su origen se encuentra en las leyes de Dracón, primer legislador ateniense que vivió a finales del siglo VIII a. de C.
Dracón, célebre por la crueldad de sus leyes, recibió el encargo del emperador de Grecia de redactar el código criminal ya entonces vigente sólo por la tradición. Es pues de suponer que la crueldad de Dracón, más que personal, fuera el fiel reflejo de la época bárbara e inhumana que le tocó vivir. La legislación draconiana castigaba casi todos los delitos con la pena de muerte. Popularmente se decía que las leyes de este legislador no estaban escritas con tinta, sino con sangre.
Liar los bártulos: Este modismo, que hace referencia a los preparativos necesarios para emprender un viaje, una mudanza u otra empresa, nace en la figura de Bártolo Sasso-Ferrato (1314-1357), jurisconsulto italiano y consejero del emperador Carlos IV. Sus obras, comprendidas en 13 volúmenes, sirvieron de base de estudio, durante 3 siglos, a los estudiantes de toda Europa.
Los estudiantes de Derecho de la Universidad de Salamanca tomaban sus notas de la obra del ilustre tratadista, y una vez concluida la clase, ataban los apuntes por medio de cintas o correas. Al conjunto de estas notas se la conocía familiarmente como bártulos. De aquí que en el argot estudiantil la tarea de reagruparlos y atarlos una vez utilizados viniera a llamarse liar los bártulos.
Lágrimas de cocodrilo: Por motivos que se ignoran o quizá porque la imagen del reptil ha estado siempre ligada a hechos misteriosos, muchas son las leyendas que se cuentan acerca de la conducta del cocodrilo, algunas de ellas relacionadas con su actitud ante sus presas. Desde tiempos remotos, se sostenía que el saurio, para atraer a sus víctimas emitía un extraño e insinuante gemido. Otros autores añadían que, una vez devorada la presa, el temible reptil lloraba sobre los despojos de su comida, quizás afligido porque el festín hubiese terminado tan de prisa y no falta quien asegura que suele comerse a sus propias crías, desconociendo en este caso que la hembra acomoda a los más pequeños dentro de sus fauces para llevarlos al río, donde luego los suelta para que comiencen a nadar por sus propios medios. Asimismo, se sabe que las famosas lágrimas de cocodrilo son una secreción acuosa que mantiene húmedos los ojos del animal, fuera del agua, pero no tienen nada que ver con el llanto, debido a que las glándulas salivales y las lacrimales de este animal están situadas muy cerca unas de las otras y por eso, se estimulan constantemente, lo que hace que al animal mientras llore mientras come. Todo esto, sumado a la fantasía popular sirvió para dar origen a la expresión lágrimas de cocodrilo, con la que se alude al dolor fingido de alguien ante cualquier suceso desgraciado, dolor que no es tomado en serio por ninguna de las personas que lo contemplan.
Llámale hache no saber ni jota: Hemos reunido dos dichos en una explicación, debido a que ambos tienen relación con letras de nuestro alfabeto. Hasta el siglo XVI, la letra "h" en nuestro idioma, tenía un valor fricativo laríngeo y se la pronunciaba casi como una jota, lo que hoy solemos decir una "hache aspirada". Pero, al hacerse átona por pérdida de ese sonido, cayó en menosprecio de la gente sencilla, de donde, como consecuencia nació el modismo llámale hache, como equivalente en el lenguaje familiar de es lo mismo, da lo mismo una cosa que otra, o sea, que da igual la presencia o ausencia de la letra hache. Entre nosotros, se la usa como expresión de justificación similar a la que dio origen al dicho. La letra "j" proviene de las lenguas primitivas del Medio Oriente, como el hebreo, el caldeo y el siríaco, y era la más pequeña de esos alfabetos, por lo que su nombre llegó hasta nosotros como equivalente de cosa pequeña o insignificante. En la escritura hebrea, por otra parte, la iod -o sea, la jota- participaba como rasgo inicial de todas las demás letras. De ahí que el modismo no saber ni jota alude a la extrema ignorancia de alguien en una cosa determinada y así es como lo utilizamos en la actualidad.