Estar entre dos fuegos: Es una frase equivalente de la expresión entre la espada y la pared (ver), por la que se advierte de la situación comprometida de alguien que se encuentra cercado por el peligro.
Estar hasta el tope: En el lenguaje del marino, la palabra tope designa el punto más alto de cualquier mástil y particularmente, de los masteleros o palos menores que se colocan sobre la cabeza de los mayores. Pero también recibe el nombre de tope el vigía que va ubicado en lo alto de la arboladura. De ahí, que en la jerga naval, para hacer alusión a la sobrecarga ocasional de un buque se diga "que el barco va (o está) hasta el tope". La expresión, por analogía, pasó al uso popular para hacer referencia a todo lo que se halla cargado excesivamente e, incluso metafóricamente, se la utiliza para dar a entender la situación límite a la que ha llegado una persona.
Estar loco como una cabra: Equivale a estar muy loco, chiflado. La comparación proviene de la actitud de las cabras o de las crías que destetaron (dejaron de mamar) y andan por los montes dando saltos y efectuando movimientos bruscos que, para el ser humano, resultan totalmente inexplicables.
Estar sobre ascuas: Estar sobresaltado, inquieto, esperando una noticia o respuesta Como las ascuas son materias sólidas penetradas por el fuego, sin llamas -algo así como las brasas-, la expresión alude a la inquieta sensación de estar pisándolas.
Estirar la pata: Una de las tantas formas de hablar de la muerte, en este caso, haciendo clara referencia a la acción de extender las piernas, propia de quienes fallecen.
Echar con cajas destempladas: En el pasado, cuando un militar incurría en delito de infamia y los superiores disponían separarlo del Cuerpo, se procedía a destemplar ("destruir la concordancia o armonía con que están templados los instrumentos musicales") el parche de las cajas o tambores y, redoblando así sobre ellos, se realizaba la degradación pública del acusado. Asimismo, de esta manera -con el acompañamiento de cajas destempladas o desafinadas- eran conducidos los reos condenados a muerte al cadalso donde iban a ser ajusticiados. En la actualidad, la expresión echar con cajas destempladas se aplica para despedir a alguien (sin necesidad de que sea exclusivamente militar) de determinado lugar, pero acompañado de acritud y malos modos, cuando no con gritos e insultos.
El hilo de la vida: De acuerdo con la mitología griega, las Parcas o Moiras -diosas de la Vida y de la Muerte- estaban representadas por tres hermanas, hijas de Nix, que era una personificación de la Noche: Clotho, Láchesis y Átropo. Estas eran las ejecutoras del destino que regulaban la vida de cada mortal con la ayuda de un hilo y tenían repartida la tarea: Clotho se encargaba de hilarlo; Láchesis o Láquesis lo enrollaba y Átropo, la implacable, lo cortaba cuando la correspondiente existencia llegaba a su fin. El hilo de la felicidad estaba hecho de lana blanca; el de la desgracia era de lana negra y aquellas personas en cuya existencia habían alternado los buenos momentos con los aciagos, estaba formado por una mezcla de ambas lanas. De manera que, en realidad, se trataba del hilo del sostén de la vida y de él dependíamos todos los mortales. De ahí nació la expresión el hilo de la vida, utilizada hoy con sentido metafórico, para dar a entender lo frágil, débil y quebradizo de nuestra existencia.
El oro y el moro: Esta es una locución bastante difundida en nuestro lenguaje coloquial y, por lo general, se la usa para ponderar el precio y el aprecio (a veces, bastante exagerado) de una cosa o persona. El origen del dicho fue un hecho de armas protagonizado por un grupo de caballeros jerezanos durante las guerras de la Reconquista. Sucedió que, durante una incursión afortunada, estos caballeros lograron capturar a unos cincuenta moros notables, entre los que se encontraban Abdalá, el alcalde de la ciudad malagueña de Ronda y un sobrino de éste, llamado Hamet. El alcaide obtuvo muy pronto su rescate, mediante el pago de una fuerte suma de dinero, pero no así los demás -ni siquiera su sobrino Hamet-, pese a los enérgicos requerimientos del propio rey Juan II de Castilla. Los caballeros -y particularmente, la esposa de uno de ellos- exigían la entrega de cien doblas (monedas castellanas de oro) por la liberación del cautivo. En virtud de esto, el rey ordenó que Hamet fuese trasladado a la Corte, pero debido al forcejeo entre el soberano y los caballeros por el cobro del rescate, la malicia del pueblo no tardó en acuñar la frase quedarse con el oro y el moro, aplicada a la aparente intención negociadora (en su favor) del rey. Con el tiempo, el dicho comenzó a aplicarse para censurar a toda persona que pretende retener más de lo que le corresponde por derecho, y así es como lo usamos en la actualidad.
El que se fue a Sevilla, perdió su silla: Cuentan que durante el reinado en Castilla de Enrique IV de Trastámara, un sobrino de don Alonso de Fonseca -arzobispo de Sevilla- fue a su vez designado arzobispo de Compostela, pero suponiendo el tío que, a causa de las revueltas que agitaban Galicia, a su sobrino le costaría mucho tomar posesión de su cargo, se ofreció para adelantarse a Santiago para allanarle las dificultades, pero a cambio, le pidió a su sobrino que lo reemplazase en los negocios de su sede en Sevilla. Efectivamente, así se hizo y con el mejor resultado, de manera que una vez que don Alonso, concluida la gestión, regresó a Sevilla, se halló con la desagradable sorpresa de que su sobrino se resistía a abandonar la sede que regenteaba, alegando que el arreglo había sido permanente. Para reducirlo, se hizo necesaria la intervención del Papa y hasta la del propio rey Enrique. El joven, una vez que regresó a Santiago, terminó preso y sentenciado a cinco años de condena por otros delitos, pero su carrera continuó y llegó a ocupar los más altos cargos eclesiásticos, teniendo que ceder su arzobispado a su propio hijo. De aquel suceso, muy comentado en su tiempo, nació el dicho que seguramente en su origen debió ser el que se fue "de" Sevilla, perdió su silla y no como lo conocemos hoy, el que se fue "a" Sevilla, perdió su silla, porque en realidad, don Alonso no fue a Sevilla sino a Santiago de Compostela, para lo cual debió irse de Sevilla y... dejar su silla.
El tiempo de las vacas gordas: Según cuenta la Biblia (Génesis), cierta vez el faraón tuvo un sueño singular e inquietante: vio cómo siete vacas gordas eran devoradas por otras tantas vacas extremadamente flacas. Desconcertado por tal visión, convocó a los adivinos y agoreros más afamados del país, pero ninguno de ellos supo interpretar satisfactoriamente la pesadilla. Ante tal circunstancia, hizo comparecer ante sí a José, hijo de Jacob y Raquel, que se hallaba en prisión y éste le explicó que las siete vacas flacas simbolizaban "los siete próximos años, que serían de abundancia y prosperidad", mientras que las siete vacas flacas representaban la "escasez y penurias que harán que se olvide toda la abundancia de la tierra de Egipto durante otros siete años, y el hambre consumirá la tierra". Con el tiempo, la frase el tiempo de las vacas gordas adquirió el valor de aludir a cualquier período de prosperidad material, pero con la advertencia implícita de que a ese período habrá de sucederle otro de necesidades y apremios.
Entrar con el pie derecho: Esta es una expresión que desde hace mucho tiempo solemos utilizar para significar el comienzo favorable de una empresa, aunque comúnmente se sostiene que la locución es una forma residual de alguna práctica supersticiosa. Lo cierto es que tiene su origen en la rúbrica de los Misales donde, por motivos arcanos se prescribe que el celebrante, una vez comenzado el introito y al disponerse a subir las gradas del altar, debe iniciar su marcha con el pie derecho, esto es, entrar con el pie derecho. Curiosamente, esta costumbre se ha mantenido a pesar de su procedencia pagana. Por extensión, comenzó a aplicarse el dicho para referirse a la acción que prenuncia la buena suerte necesaria en la iniciación de una tarea y su culminación con éxito.
Estar a la cuarta pregunta: Antiguamente, en los interrogatorios judiciales, era de fórmula realizar cuatro preguntas al imputado: ¿tenemos salud?, ¿tenemos ingenio?, ¿tenemos amores? y la temida cuarta pregunta: ¿tenemos dinero? Aparentemente, los novatos iban contestando afirmativamente a todo, salvo cuando oían la cuarta pregunta. Cuando la indagación concernía a persona desheredada o indigente, ésta, naturalmente respondía siempre negativamente, declarándose pobre de solemnidad y si el juez, deseoso de aclarar la situación, insistía por ese lado, el interesado podía abstenerse o, mejor dicho, estar a la cuarta pregunta. La expresión, con el tiempo, vino a hacerse homóloga del estado de suma pobreza o indigencia de determinada persona.
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Estar hasta el tope: En el lenguaje del marino, la palabra tope designa el punto más alto de cualquier mástil y particularmente, de los masteleros o palos menores que se colocan sobre la cabeza de los mayores. Pero también recibe el nombre de tope el vigía que va ubicado en lo alto de la arboladura. De ahí, que en la jerga naval, para hacer alusión a la sobrecarga ocasional de un buque se diga "que el barco va (o está) hasta el tope". La expresión, por analogía, pasó al uso popular para hacer referencia a todo lo que se halla cargado excesivamente e, incluso metafóricamente, se la utiliza para dar a entender la situación límite a la que ha llegado una persona.
Estar loco como una cabra: Equivale a estar muy loco, chiflado. La comparación proviene de la actitud de las cabras o de las crías que destetaron (dejaron de mamar) y andan por los montes dando saltos y efectuando movimientos bruscos que, para el ser humano, resultan totalmente inexplicables.
Estar sobre ascuas: Estar sobresaltado, inquieto, esperando una noticia o respuesta Como las ascuas son materias sólidas penetradas por el fuego, sin llamas -algo así como las brasas-, la expresión alude a la inquieta sensación de estar pisándolas.
Estirar la pata: Una de las tantas formas de hablar de la muerte, en este caso, haciendo clara referencia a la acción de extender las piernas, propia de quienes fallecen.
Echar con cajas destempladas: En el pasado, cuando un militar incurría en delito de infamia y los superiores disponían separarlo del Cuerpo, se procedía a destemplar ("destruir la concordancia o armonía con que están templados los instrumentos musicales") el parche de las cajas o tambores y, redoblando así sobre ellos, se realizaba la degradación pública del acusado. Asimismo, de esta manera -con el acompañamiento de cajas destempladas o desafinadas- eran conducidos los reos condenados a muerte al cadalso donde iban a ser ajusticiados. En la actualidad, la expresión echar con cajas destempladas se aplica para despedir a alguien (sin necesidad de que sea exclusivamente militar) de determinado lugar, pero acompañado de acritud y malos modos, cuando no con gritos e insultos.
El hilo de la vida: De acuerdo con la mitología griega, las Parcas o Moiras -diosas de la Vida y de la Muerte- estaban representadas por tres hermanas, hijas de Nix, que era una personificación de la Noche: Clotho, Láchesis y Átropo. Estas eran las ejecutoras del destino que regulaban la vida de cada mortal con la ayuda de un hilo y tenían repartida la tarea: Clotho se encargaba de hilarlo; Láchesis o Láquesis lo enrollaba y Átropo, la implacable, lo cortaba cuando la correspondiente existencia llegaba a su fin. El hilo de la felicidad estaba hecho de lana blanca; el de la desgracia era de lana negra y aquellas personas en cuya existencia habían alternado los buenos momentos con los aciagos, estaba formado por una mezcla de ambas lanas. De manera que, en realidad, se trataba del hilo del sostén de la vida y de él dependíamos todos los mortales. De ahí nació la expresión el hilo de la vida, utilizada hoy con sentido metafórico, para dar a entender lo frágil, débil y quebradizo de nuestra existencia.
El oro y el moro: Esta es una locución bastante difundida en nuestro lenguaje coloquial y, por lo general, se la usa para ponderar el precio y el aprecio (a veces, bastante exagerado) de una cosa o persona. El origen del dicho fue un hecho de armas protagonizado por un grupo de caballeros jerezanos durante las guerras de la Reconquista. Sucedió que, durante una incursión afortunada, estos caballeros lograron capturar a unos cincuenta moros notables, entre los que se encontraban Abdalá, el alcalde de la ciudad malagueña de Ronda y un sobrino de éste, llamado Hamet. El alcaide obtuvo muy pronto su rescate, mediante el pago de una fuerte suma de dinero, pero no así los demás -ni siquiera su sobrino Hamet-, pese a los enérgicos requerimientos del propio rey Juan II de Castilla. Los caballeros -y particularmente, la esposa de uno de ellos- exigían la entrega de cien doblas (monedas castellanas de oro) por la liberación del cautivo. En virtud de esto, el rey ordenó que Hamet fuese trasladado a la Corte, pero debido al forcejeo entre el soberano y los caballeros por el cobro del rescate, la malicia del pueblo no tardó en acuñar la frase quedarse con el oro y el moro, aplicada a la aparente intención negociadora (en su favor) del rey. Con el tiempo, el dicho comenzó a aplicarse para censurar a toda persona que pretende retener más de lo que le corresponde por derecho, y así es como lo usamos en la actualidad.
El que se fue a Sevilla, perdió su silla: Cuentan que durante el reinado en Castilla de Enrique IV de Trastámara, un sobrino de don Alonso de Fonseca -arzobispo de Sevilla- fue a su vez designado arzobispo de Compostela, pero suponiendo el tío que, a causa de las revueltas que agitaban Galicia, a su sobrino le costaría mucho tomar posesión de su cargo, se ofreció para adelantarse a Santiago para allanarle las dificultades, pero a cambio, le pidió a su sobrino que lo reemplazase en los negocios de su sede en Sevilla. Efectivamente, así se hizo y con el mejor resultado, de manera que una vez que don Alonso, concluida la gestión, regresó a Sevilla, se halló con la desagradable sorpresa de que su sobrino se resistía a abandonar la sede que regenteaba, alegando que el arreglo había sido permanente. Para reducirlo, se hizo necesaria la intervención del Papa y hasta la del propio rey Enrique. El joven, una vez que regresó a Santiago, terminó preso y sentenciado a cinco años de condena por otros delitos, pero su carrera continuó y llegó a ocupar los más altos cargos eclesiásticos, teniendo que ceder su arzobispado a su propio hijo. De aquel suceso, muy comentado en su tiempo, nació el dicho que seguramente en su origen debió ser el que se fue "de" Sevilla, perdió su silla y no como lo conocemos hoy, el que se fue "a" Sevilla, perdió su silla, porque en realidad, don Alonso no fue a Sevilla sino a Santiago de Compostela, para lo cual debió irse de Sevilla y... dejar su silla.
El tiempo de las vacas gordas: Según cuenta la Biblia (Génesis), cierta vez el faraón tuvo un sueño singular e inquietante: vio cómo siete vacas gordas eran devoradas por otras tantas vacas extremadamente flacas. Desconcertado por tal visión, convocó a los adivinos y agoreros más afamados del país, pero ninguno de ellos supo interpretar satisfactoriamente la pesadilla. Ante tal circunstancia, hizo comparecer ante sí a José, hijo de Jacob y Raquel, que se hallaba en prisión y éste le explicó que las siete vacas flacas simbolizaban "los siete próximos años, que serían de abundancia y prosperidad", mientras que las siete vacas flacas representaban la "escasez y penurias que harán que se olvide toda la abundancia de la tierra de Egipto durante otros siete años, y el hambre consumirá la tierra". Con el tiempo, la frase el tiempo de las vacas gordas adquirió el valor de aludir a cualquier período de prosperidad material, pero con la advertencia implícita de que a ese período habrá de sucederle otro de necesidades y apremios.
Entrar con el pie derecho: Esta es una expresión que desde hace mucho tiempo solemos utilizar para significar el comienzo favorable de una empresa, aunque comúnmente se sostiene que la locución es una forma residual de alguna práctica supersticiosa. Lo cierto es que tiene su origen en la rúbrica de los Misales donde, por motivos arcanos se prescribe que el celebrante, una vez comenzado el introito y al disponerse a subir las gradas del altar, debe iniciar su marcha con el pie derecho, esto es, entrar con el pie derecho. Curiosamente, esta costumbre se ha mantenido a pesar de su procedencia pagana. Por extensión, comenzó a aplicarse el dicho para referirse a la acción que prenuncia la buena suerte necesaria en la iniciación de una tarea y su culminación con éxito.
Estar a la cuarta pregunta: Antiguamente, en los interrogatorios judiciales, era de fórmula realizar cuatro preguntas al imputado: ¿tenemos salud?, ¿tenemos ingenio?, ¿tenemos amores? y la temida cuarta pregunta: ¿tenemos dinero? Aparentemente, los novatos iban contestando afirmativamente a todo, salvo cuando oían la cuarta pregunta. Cuando la indagación concernía a persona desheredada o indigente, ésta, naturalmente respondía siempre negativamente, declarándose pobre de solemnidad y si el juez, deseoso de aclarar la situación, insistía por ese lado, el interesado podía abstenerse o, mejor dicho, estar a la cuarta pregunta. La expresión, con el tiempo, vino a hacerse homóloga del estado de suma pobreza o indigencia de determinada persona.
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