Leandro de Sevilla, Santo
Obispo, 26 de febrero
Martirologio Romano: En Sevilla, en Hispania, san Leandro, obispo,
hermano de los santos Isidoro, Fulgencio y Florentina, que con su
predicación y diligencia convirtió, contando con la ayuda de su rey
Recaredo, a los visigodos de la herejía arriana a la fe católica (c.
600).
¿Qué secreto poseía aquella familia de Cartagena que supo poner en los
altares a sus tres hijos? Porque no hay duda de la influencia de los
padres en la vida de sus hijos tanto para bien como para mal. Eso no
quiere decir que los hijos que han nacido en buena y cristiana familia
tengan una póliza de seguro que les garantice la fidelidad a los
principios que mamaron ni tampoco que quienes conocieron a unos padres
mediocres estén condenados irreparablemente a la desgracia moral. No.
Pero, hechas las salvedades y sabiendo que el uso de la libertad es
privado y personal, no cabe duda -es testigo la historia- de la
impronta que deja en los retoños el estilo de quienes los engendraron
y educaron. En este caso, Leandro tuvo otros dos hermanos que están
como él en los altares, Isidoro que le sucedió en el arzobispado de
Sevilla, y santa Florentina.
Su nacimiento fue en torno al 535. La familia emigra a Sevilla y,
cuando tiene la edad, Leandro entra el un monasterio. Es nombrado
metropolitano de Sevilla. Funda una escuela de artes y ciencia que la
concibe como instrumento para difundir la doctrina ortodoxa en medio
de una España que está inficcionada de arrianismo, particularmente en
la corte visigoda. Dos hijos del rey arriano Leovigildo están
formándose en su escuela, Hermenegildo y Recaredo.
Leovigildo asienta en Toledo la capital del reino visigodo. Su hijo
Hermenegildo será su igual en la Bética y residirá en Sevilla; por su
ciencia, bondad y celo Hermenegildo se convierte a la fe nicena con el
ejemplo y apoyo de su esposa Igunda. Pero en Toledo hay reales aires
de grandeza; el rey piensa que el principio de unidad y estabilidad
está en la religión arriana; se enciende la persecución contra la fe
católica con fuego y espada, incluidos los territorios de la Bética,
en la que su propio hijo Hermenegildo morirá mártir.
Leandro ha sido obligado a abandonar su Iglesia y su patria. Aprovecha
el destierro para pedir ayuda al emperador de Bizancio. En
Constantinopla se encuentra con Gregorio, que ha sido enviado por el
papa Pelagio -lo sucederá luego en la Sede romana- con quien traba una
gran amistad; le anima a poner por escrito los libros Morales
-comentario al libro de Job- que influirán de un modo decisivo en la
ascética de todo el Medievo.
Vuelve a Sevilla su Arzobispo al disminuir la tensión del rey
Leovigildo y lo verá morir. Leandro, en el 589, convoca el III
Concilio de Toledo donde Recaredo, que ha sucedido a su padre en el
trono, abjura de los errores arrianos y hace profesión de fe católica
lográndose la unidad del reino visigodo y la paz. Sobreviene como
esperada consecuencia una renovación en la vida religiosa, un resurgir
de las letras y una fresca ganancia en el terreno de las artes.
La conversión paulatina a la fe católica de los arrianos visigodos del
reino es sincera y la deseada unidad ha encontrado el vínculo de
cohesión en la unidad de la fe. Lo que intuyó el rey Leovigildo, pero
con signo contrario; en esta ocasión, triunfó la verdad.
Ahora y hasta su muerte en el año 600, el sabio y santo Arzobispo deja
de ser un hombre influyente en la política del reino. Le ocupa el alma
el ansia de hacer el bien. Mucha oración, atención a las obligaciones
pastorales, estudio de la Sagrada Escritura, penitencia por los
pecados de su vida, y la carta que escribe a su hermana Florentina que
llega a servir de pauta para la vida monástica femenina hasta el punto
de ser llamada «la regla de San Alejandro» le llenaron su tiempo.
Sevilla tiene motivos para mostrar orgullo con un santo así ¿verdad?
Hay quien afirma que los santos pertenecen a todos y posiblemente no
les falte razón, pero ¿no podrán pertenecer a algunos un poco más?
Obispo, 26 de febrero
Martirologio Romano: En Sevilla, en Hispania, san Leandro, obispo,
hermano de los santos Isidoro, Fulgencio y Florentina, que con su
predicación y diligencia convirtió, contando con la ayuda de su rey
Recaredo, a los visigodos de la herejía arriana a la fe católica (c.
600).
¿Qué secreto poseía aquella familia de Cartagena que supo poner en los
altares a sus tres hijos? Porque no hay duda de la influencia de los
padres en la vida de sus hijos tanto para bien como para mal. Eso no
quiere decir que los hijos que han nacido en buena y cristiana familia
tengan una póliza de seguro que les garantice la fidelidad a los
principios que mamaron ni tampoco que quienes conocieron a unos padres
mediocres estén condenados irreparablemente a la desgracia moral. No.
Pero, hechas las salvedades y sabiendo que el uso de la libertad es
privado y personal, no cabe duda -es testigo la historia- de la
impronta que deja en los retoños el estilo de quienes los engendraron
y educaron. En este caso, Leandro tuvo otros dos hermanos que están
como él en los altares, Isidoro que le sucedió en el arzobispado de
Sevilla, y santa Florentina.
Su nacimiento fue en torno al 535. La familia emigra a Sevilla y,
cuando tiene la edad, Leandro entra el un monasterio. Es nombrado
metropolitano de Sevilla. Funda una escuela de artes y ciencia que la
concibe como instrumento para difundir la doctrina ortodoxa en medio
de una España que está inficcionada de arrianismo, particularmente en
la corte visigoda. Dos hijos del rey arriano Leovigildo están
formándose en su escuela, Hermenegildo y Recaredo.
Leovigildo asienta en Toledo la capital del reino visigodo. Su hijo
Hermenegildo será su igual en la Bética y residirá en Sevilla; por su
ciencia, bondad y celo Hermenegildo se convierte a la fe nicena con el
ejemplo y apoyo de su esposa Igunda. Pero en Toledo hay reales aires
de grandeza; el rey piensa que el principio de unidad y estabilidad
está en la religión arriana; se enciende la persecución contra la fe
católica con fuego y espada, incluidos los territorios de la Bética,
en la que su propio hijo Hermenegildo morirá mártir.
Leandro ha sido obligado a abandonar su Iglesia y su patria. Aprovecha
el destierro para pedir ayuda al emperador de Bizancio. En
Constantinopla se encuentra con Gregorio, que ha sido enviado por el
papa Pelagio -lo sucederá luego en la Sede romana- con quien traba una
gran amistad; le anima a poner por escrito los libros Morales
-comentario al libro de Job- que influirán de un modo decisivo en la
ascética de todo el Medievo.
Vuelve a Sevilla su Arzobispo al disminuir la tensión del rey
Leovigildo y lo verá morir. Leandro, en el 589, convoca el III
Concilio de Toledo donde Recaredo, que ha sucedido a su padre en el
trono, abjura de los errores arrianos y hace profesión de fe católica
lográndose la unidad del reino visigodo y la paz. Sobreviene como
esperada consecuencia una renovación en la vida religiosa, un resurgir
de las letras y una fresca ganancia en el terreno de las artes.
La conversión paulatina a la fe católica de los arrianos visigodos del
reino es sincera y la deseada unidad ha encontrado el vínculo de
cohesión en la unidad de la fe. Lo que intuyó el rey Leovigildo, pero
con signo contrario; en esta ocasión, triunfó la verdad.
Ahora y hasta su muerte en el año 600, el sabio y santo Arzobispo deja
de ser un hombre influyente en la política del reino. Le ocupa el alma
el ansia de hacer el bien. Mucha oración, atención a las obligaciones
pastorales, estudio de la Sagrada Escritura, penitencia por los
pecados de su vida, y la carta que escribe a su hermana Florentina que
llega a servir de pauta para la vida monástica femenina hasta el punto
de ser llamada «la regla de San Alejandro» le llenaron su tiempo.
Sevilla tiene motivos para mostrar orgullo con un santo así ¿verdad?
Hay quien afirma que los santos pertenecen a todos y posiblemente no
les falte razón, pero ¿no podrán pertenecer a algunos un poco más?