Allí está aún la bodega en la que preparaba con pluma mis primeras partituras. A esas horas el Sol abrasaba y el silencio era total en el valle. Las viñas dejaban un tono de verdor de una tierra castigada durante tiempo por el Sol. A la izquierda, aún recuerdo las muchas tardes de juego con el pequeño de la familia. Después la casa de la Sra Elvira y los suyos y tomabas aquella calle a la PLaza donde se recogía el agua con cántaros y las mujeres lavaban. Esos recuerdos de las horas de riego para el trollal. Al caer la tarde recorriendo los castaños llegaba una suave brisa. Camino las pequeñas bodegas. Las invitaciones se seguía el vino siempre venía acompañado de estupendo jamón o algún otro embutido de igual buen sabor sin par. Las lluvias permitian jugar con el barro e inventarse mi construcciones, y los domingos, en aquella transcurrían entre la misa del domingo y las partidas de cartas tan habituales como famosas y donde los lugareños en un empqueño convertido en pasión platican también, aunque mostrado seriedad y rigor en el juego, o interés más allá de lo debido.
Esas tardes de cantaros, y sulfato para las viñas. Ese pueblo que ya mostraba las heridas de la ausencia definitiva y de la marcha de su población. En esos veranos dejaba entrever un animosidad y unos brazos abiertos para los que por aquellos días pasaban entre los suyos tiempos de hermandad y de voluntad.
Las historias del pueblo, cuantas singulares y sin par de sus vecinos. Esas contadas al atardecer en noche cerrada donde todo es posible. Abuelos padres e hijos tres generaciones sin prisa contando y charlando las miles de cosas. Testigos las radios incipientes.
Un San Migel que vio llegar la luz y el agua después a sus casas. ASí ese pueblo con historia larga y población no menos importante en años muy anteriores, había dejado ese esplendor para pasar a ser un Mones cuya marcha de los jóvenes dejaría pasó a un Mones cuya cara en los meses de estió.
Nuevamente tras la bodega, ahora en la que escribó con mi porttáil e internet pasó por casa de la Sra. Elvira y recuerdo a la Sra. María, y en mi mente todavía escucho algunas historias de la Sra Milagros, aquella casa que por mi corta edad nunca vería abierta. Con los años aquellas calles llenas de vida se habían transformado en silencio.
Hoy con el portátil en ristre y en esas horas tempranas donde la soledad es la cmejor compañera y la única presente pasé la plaza y entre calles y calles me topé con la casa de Valentina, y recordó el cariño de Toño por los coches y por la velocidad. Aquella construccion tenia sus singularidades, sustancialmente diferente a gran parte de las del pueblo. REcuerdo aquella casa llena de viva que se fue apagando con la marcha de la hija. Volvía otra tras los castaños y Mones se me antojaba desvalido, desordenado en aquel paraje, la iglesia queaba delante. La vista desde el atrio de la Iglesia al atardeer siempre me había llamado la atención. Los colores, la luz, un espectáculo donde las montañas al fondo daban un remanso de paz en claroscuro. ERan momentos de Fenosa, sí de la instalación de la luz con al que todo cambia y el pueblo engalana las horas tardías. Muchos San Miguel de los que hablar, de los que empezaron en la nada del siglo a los que, como hoy, presente el pueblo que todavía llevo en mi corazón viajan en un portátil y un telefóno desde los que envío fotos a cualquier parte del mundo. Mones y sus gentes, pero también sus tierras y las historias que nacieron por las mismas.
Cuidar del Monte, el capataz allí estaba encargado de la guarda. Un monte de cuyo secretos hablaré un día, no desde aquellos que estaban guardaddos en el corazón de todos y cada uno de nosotros, sino de la singularidad de esa tierra de la cual habrá que hablár y se hablara en un futuro, pues tras el silencio de los siglos la montaña siempre brinda a quien sabe esperar lo mejor de sí y eso toavía no h allegado a Mones, y llegará ese día, sean muchos o pocos los habitants de San Miguel
Gracias
Esas tardes de cantaros, y sulfato para las viñas. Ese pueblo que ya mostraba las heridas de la ausencia definitiva y de la marcha de su población. En esos veranos dejaba entrever un animosidad y unos brazos abiertos para los que por aquellos días pasaban entre los suyos tiempos de hermandad y de voluntad.
Las historias del pueblo, cuantas singulares y sin par de sus vecinos. Esas contadas al atardecer en noche cerrada donde todo es posible. Abuelos padres e hijos tres generaciones sin prisa contando y charlando las miles de cosas. Testigos las radios incipientes.
Un San Migel que vio llegar la luz y el agua después a sus casas. ASí ese pueblo con historia larga y población no menos importante en años muy anteriores, había dejado ese esplendor para pasar a ser un Mones cuya marcha de los jóvenes dejaría pasó a un Mones cuya cara en los meses de estió.
Nuevamente tras la bodega, ahora en la que escribó con mi porttáil e internet pasó por casa de la Sra. Elvira y recuerdo a la Sra. María, y en mi mente todavía escucho algunas historias de la Sra Milagros, aquella casa que por mi corta edad nunca vería abierta. Con los años aquellas calles llenas de vida se habían transformado en silencio.
Hoy con el portátil en ristre y en esas horas tempranas donde la soledad es la cmejor compañera y la única presente pasé la plaza y entre calles y calles me topé con la casa de Valentina, y recordó el cariño de Toño por los coches y por la velocidad. Aquella construccion tenia sus singularidades, sustancialmente diferente a gran parte de las del pueblo. REcuerdo aquella casa llena de viva que se fue apagando con la marcha de la hija. Volvía otra tras los castaños y Mones se me antojaba desvalido, desordenado en aquel paraje, la iglesia queaba delante. La vista desde el atrio de la Iglesia al atardeer siempre me había llamado la atención. Los colores, la luz, un espectáculo donde las montañas al fondo daban un remanso de paz en claroscuro. ERan momentos de Fenosa, sí de la instalación de la luz con al que todo cambia y el pueblo engalana las horas tardías. Muchos San Miguel de los que hablar, de los que empezaron en la nada del siglo a los que, como hoy, presente el pueblo que todavía llevo en mi corazón viajan en un portátil y un telefóno desde los que envío fotos a cualquier parte del mundo. Mones y sus gentes, pero también sus tierras y las historias que nacieron por las mismas.
Cuidar del Monte, el capataz allí estaba encargado de la guarda. Un monte de cuyo secretos hablaré un día, no desde aquellos que estaban guardaddos en el corazón de todos y cada uno de nosotros, sino de la singularidad de esa tierra de la cual habrá que hablár y se hablara en un futuro, pues tras el silencio de los siglos la montaña siempre brinda a quien sabe esperar lo mejor de sí y eso toavía no h allegado a Mones, y llegará ese día, sean muchos o pocos los habitants de San Miguel
Gracias
Después de leer el último mensaje me entró morriña, si alguien lee este mensaje, seguro, que tiene morriña, que pena que nuestros pueblos se quedan vacíos, tristes, solos, y abandonados.
Los pueblos y sus gentes nacen y tienen su vida propia. Así ha devenido en la historia en todos los lugares y en todos los momentos. Más allá de 825 años de historia de San Miguel de Mones, que no son pocos y que son de orgullo de todos sus nacidos, la historia quedará en sus tierras, en sus historias y en sus gentes. Quizás algún día parezca el pueblo más desnudo todavía como se recordaba en 15 de Julio de 2025, pero la tierra seguirá allí sabedora que todos sus habitantes anhelaron una vida, la vivieron haciéndola suya día a día y con confianza en ella y con orgullo transitaron por el pueblo o la llevaron en sus corazones a los cientos de lugares donde allá fueron. La tierra no olvida a quienes nacieron en ella y el corazón lleva los sentimientos que en ella se gravan año tras año. Sea añoranza o no, sea recuerdo, sea familia o amistad lo que nos une Mones su tierra y sus vistas de A Rua siempre son motivo de apertura y por tanto de posibilidades. Hoy mones ya no solo es territorio sino vive allá donde todos los que nacieorn allí han sembrado raíces porque mientras en ellos viva, Mones tendrá cabida y sus tierras recuerdos