Cuando los joyeros la veían llegar en su Citroën Tiburón Negro, intentaban echar el cierre con mil candados. El problema es que ella se bajaba al pie de la puerta, y el Tiburón quedaba subido en la acera. Ningún municipal era quien de acercarse siquiera para pedir explicaciones al uniformado chófer.
La Collares no se llamaba así por casualidad, sino por su irrefrenable y cara afición, que tan barata le salía: atracar las joyerías sin ningún remordimiento, ni precaución. ¿Cuál autónomo se hubiera ... (ver texto completo)
La Collares no se llamaba así por casualidad, sino por su irrefrenable y cara afición, que tan barata le salía: atracar las joyerías sin ningún remordimiento, ni precaución. ¿Cuál autónomo se hubiera ... (ver texto completo)