MEMBRIO: Entre otras peculiares costumbres, se conserva en este...

Entre otras peculiares costumbres, se conserva en este pueblo «la tradición de las marzas» que se cantan en todas las esquinas de sus calles el último día de febrero o, por mejor decir, la última noche de dicho mes.

Ya lo dicen los viejos del lugar, son antiguas, antiquísimas, no conocen su origen, sin embargo están de acuerdo en seguir la tradición y continuar con las costumbres que tenían sus antepasados, de ahí que se continúen cantando.

Las marzas además de ser el recuerdo de nuestras más bellas tradiciones pasadas, nos vienen a anunciar el comienzo de la primavera con ese sabor antiguo, vivaz e ingenuo a la vez.

Aun a sabiendas de que el frío puede ser capaz de calar los huesos de cualquier humano, en la primera madrugada de marzo, jóvenes y no tan jóvenes, aventureros de pulmonías, emprendedores de la noche, no quieren olvidar esos ritos que al fin y al cabo son tradiciones.

Estas cancioncillas se cantan de forma alternada por dos grupos de «marzantes»: uno de ellos se coloca en una esquina y el otro en la siguiente: comienzan a cantar los primeros, les responden los segundos y así sucesivamente hasta que se terminan los cantos. Cuando se han recorrido cantando todas las esquinas del pueblo, queda inaugurado oficialmente el mes de marzo.

Hasta hace aproximadamente 40 ó 50 años, esta tradición de las marzas daba lugar a una curiosa «clasificación social» en la que se mezclaba el estado civil y la edad.

Los hombres solteros del pueblo llamados «mozos» se agrupaban en «mozos viejos», conocidos por «Alcaldes» o Alguaciles» que eran los que habían sido considerados «mozos» el año anterior. Para ser aceptados como tales, tenían que cumplir determinadas normas: tener diecisiete o dieciocho años y ser admitidos por los «Alcaldes» quienes exigían el pago de una peseta y el que cantaran las marzas esa noche.

Mientras se iban cantando éstas, los «Alguaciles» salían a pedir a las casas donde no había mozos: todo el pueblo colaboraba dando un huevo o dos reales.

Una vez terminadas de cantar las marzas en todas las esquinas, todos los jóvenes iban al lagar a contar los huevos y el dinero recaudado. Se cocían los huevos y con el dinero se compraba escabeche. Los jóvenes que habían pagado la pesetas eran los que pelaban los huevos y preparaban la cena y la mesa. Cuando ya estaba todo dispuesto, entraban a cenar «alcaldes» y «alguaciles» que se sentaban en corros distintos. Al finalizar la cena se compraban orujo, y tras tomar una copa, se recogían las cáscaras de los huevos pelados que se depositaban en las puertas de aquellos vecinos que no habían dado nada a los mozos, en una especie de mudo (y público) reproche y acusación ante todo el vecindario.