MEMBRIO: Recuerdo como, cuando se iba acercando el día, y si...

Recuerdo como, cuando se iba acercando el día, y si algunos se habían interesado en que fueran divertidas, se buscaban las sorpresas que iban a deparar las ollas: Que si una tripa de morcilla, que si una de chorizo, que si un trozo de manta de tocino... (bueno, eso como "plato fuerte").
También se solían meter unas monedas en algunas ollas, pero esas no iban a llegar al bolsillo del que rompía la olla pues, antes de que se quitara el pañuelo, ya habían desaparecido del suelo.
Otras cosas que no solían faltar era el agua en unas y la harina en otras (y si alguien dice que lo de la harina no puede ser porque escaseaba mucho... ¿cómo puedo asegurar al cavo de tantos años que no era yeso?
Cada año la imaginación de los organizadores podía idear algo nuevo.
Y, por último, algunos gatos que caían de la olla la mar de "estresaos". Estos podían haber sido metidos en la olla el día anterior o esa misma mañana. Es de suponer como salían al romper la olla.
Recuerdo bien lo de los gatos porque un año, siendo muy pequeño, me usaron como hurón. Yo entraba en una casa y, mientras los mayores ponían en la gatera la boca de un saco, me metía debajo de las camas, en los corrales, en las leñeras... Así, si había algún gato, este salía disparado hacia la gatera de la puerta de la calle, cayendo dentro del saco. Me lucí. Cayeron tres.
El día 18, un poco después de comer, avisaban desde La Plaza, con unos cuantos cohetes, de que las ollas iban a comenzar.
Para allí tirábamos toda la chiquillería y a llegar nos encontrábamos una soga que iba desde el Ayuntamiento a un árbol y de la cual pendían unas olla prometedoras. También había cartuchos de papel de estraza, de los que usaban en las tiendas, con sus respectiva sorpresa dentro (estos eran para los niños pues no ofrecían el peligro de los cascotes de las ollas).
Y empezaba la diversión.
Los más osados eran los primeros en participar y aguantar las risas de los demás a cambio de un premio. Ante todo, alegría sana...