La iglesia tiene hoy distinto olor, un perfume distinguido. Antes de caer la tarde, mujeres con tableras en la cabeza transportan” blandones”, cirios que apenas se ven sus mechas en medio de sus degastadas viejas ceras. Una dicen que son los de su abuela, señal de tradición. Muy motivadas y silenciosas se ven otras, que aportan más luz humeante: las de sus farolas o “lamparillas” de aceite con sus mechas atizadas. Ya en la iglesia, otra de las piadosas mujeres con alargamiento de cuello y frente ... (ver texto completo)