Aférrimo
En un examen de literatura un joven bachiller escribe que cierto personaje había sido en su juventud un creyente aférrimo. La invención es (valga la paradoja) perfecta a medias. Si el genio subterráneo de la lengua se manifiesta con énfasis en el ingenio o en la ingenuidad de la etimología popular, como demuestra la circunstancia cierta de que nunca haya encontrado la fe un adjetivo que le convenga tanto, en esencia, como, precisamente, el desliz analógico o la inocencia fónica del joven
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“HABÍA SIDO AFÉRRIMO”
Como bien dice este profesor, hoy de instituto, compañero del
colegio de nuestro conocido don Javier, la paradoja, todos aquellos aférrimos (aférrimo, relativo al hierro) se han ido oxidando uno a uno, y si no se repone con material noble, al final no se tiene nada; lo que se
compra, no se nos olvide, se vende. Al final no se tiene nada, si llamamos nada a la soledad. Y yo veo mucha soledad en el liderazgo de (no quiero engañar a nadie) ese partido del que soy simpatizante
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