En algún recoveco insondable de la memoria, o quizá del corazón, anidan sentimientos -inactivos durante años y años- que pasarían del letargo a la muerte si antes no mediara un chispazo vital que de nuevo los aflorase. Así, de pronto, basta una llamada de teléfono -o un mensaje en la red- para que se produzca el pequeño milagro de devolverte un amigo: ha sido el caso esta noche. Pero es que, siendo ya esto en sí mismo festivo y placentero, con el reencuentro -adosados a él- viene un torrente de recuerdos, ... (ver texto completo)