Hincó pies en el alvero, clavó ojos en la puerta de gayola y, cuando el morlaco salió arremetiendo a sus miedos con su potente testuz; de astas muy bien dotado, es recibido con dos redondos, seguidos de media verónica que lo dejó deslomado, perdió patas y hocicó arrancando jirones de arena que hasta las gradas llegó, berreó, quiso centrar la extraviada mirada y el sol de la media tarde acabó por deslumbrarle. él, que era tan bravío, tan fuerte, tan altanero, negro zaino y corniveleto, sufrió cierto ... (ver texto completo)