Si no te importa, cuando tengas tiempo, me das las señas de la Verdad que no sabes con qué ahínco y durante cuánto tiempo llevo buscando a esa señora: qué cosas tienes, joío, jejeje. Oye, extrañándome mucho que la verdad pueda tener domicilio fijo, me sorprende aún más que haya jabeñerío -en base a esos comentarios que parecen llegarte- que esté interesado y sentretenga con pensamientos tan despeinados: me alegro un montonazo, ya sé de sobra que nos lee gente mu jonda, pero nunca me llega nada de sus gustos lectores ni tampoco he sido capaz de averiguarlos. Para mí no hay ninguna incomodidad en nada que sea leíble: puedo pasar del catecismo “Ripalda”, avalado por el Difunto, a esas reflexiones que te ocupan, me encantan los contrastes, y me alegra saber que haya foreros abiertos a ellas.
Pero pasemos a lo serio. La primera vez que oí hablar deso de las tres tetas, fue en una biografía de Enrique VIII de Inglaterra (otro gran erotómano, Pedro, más caliente que la plancha un satre), en la que me sorprendió leer que Ana Bolena “padecía” de polimastia supernumeraria (al menos tres tetas) si bien una de ellas la tenía en la axila y sin pezón, y, la verdad, si yo hubiera percibido ese desgajo en aquel cabaret, me hubiera negao en rotundo a pagar el pipermín: el cisma que armó Su Majestad fue desproporcionao. Y rematando, esto es importante, hay varones que también tienen tetas, pero no las ubres que tenemos los que estamos gordos, no, tetas de verdad, repartidas en el eje que va de las axilas hasta el escroto, como las cochinas de cría, sin cachondeo: y es que yo, que creo mucho en Darwin, me digo que a la postre semos simios con el rabo atrofiao.
Termino con una cosa más seria entoavía. Siempre bebo buen vino (excepto el pitarra que comparto con “Porrita”, al que mando un beso, ques un insufrible brebaje, jejeje), las bebidas destiladas no me gustan, y me permito sugerirte que rebajes la aflicción que te infiere el ron (lo de “15” es pura mercadotecnia) con una moderada dosis de vino “Pago de Carraovejas”, subirás al cielo sin pasar purgatorio alguno: sosiega, atrae la sonrisa, enriquece el verbo, inspira, erotiza hasta el paroxismo e induce al sueño, ¿se puede pedir más?
(Siempre añado, cuando hablo de esto, que no me he emborrachado en mi vida, pero he mentido, lo sufrí una vez con 13 años, era nochebuena -junto con mi entrañable amigo Joaquín “Kagatinta”, E. P. D.), fue de anís y es inefable contarlo: nunca más, Santo Tomás.
Un abrazo,
... (ver texto completo)