Con un cronómetro en una mano y la otra ceñida al cuello, he ido contando las pulsaciones que vengo escuchándome desde hace unos días: ciento quince por minuto. No sé si son muchas o pocas, pero este palpitar libre de esfuerzo y sin previo aviso –anárquico- me está privando de sosiego y ha hecho que me acerque al médico. Tengo un solo antecedente al respecto: cuando me sentí enamorado la primera vez. Y esto, azuzado por mi imaginación inquieta, me lleva a escribir sobre algo tan vasto como es el ... (ver texto completo)