J. L. F. Te. ¿Te acuerdas de aquél día y aquellos escritos? Por si no es así ahí va de nuevo.
El Duende en su calleja estaba atónito, se le había ido la sonrisa burlona y sardónica y lucía un rictus temeroso en su inefable rostro. Dio unos brincos y en el centro de la plaza vio dos seres que atascados en el fango hasta las corvas, con garrotes de acebuche retorcidos, se zurraban de lo lindo la badana y, el sordo aragonés desde una esquina de la fuente, impasible, en sus lienzos la escena retrataba.
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El Duende en su calleja estaba atónito, se le había ido la sonrisa burlona y sardónica y lucía un rictus temeroso en su inefable rostro. Dio unos brincos y en el centro de la plaza vio dos seres que atascados en el fango hasta las corvas, con garrotes de acebuche retorcidos, se zurraban de lo lindo la badana y, el sordo aragonés desde una esquina de la fuente, impasible, en sus lienzos la escena retrataba.
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